Sonó el
teléfono. No hay onomatopeya apropiada para figurar ese maldito pitido burbujeante.
Insulté a destajo al inocente aparato de plástico y bajé el volumen del
televisor. Crucé el living en cuatro zancadas y levanté el tubo:
—¿Hola?
—Buenos
días, señor. Mi nombre es Lara. Le hablo del Consejo de Defensa. Estamos
realizando una encuesta. Solamente necesitamos cinco minutitos de su tiempo
¿Sería tan amable de responder las preguntas?
La voz
era dulce y sensual. Estudiadamente sexy. Eso me enojó aún más. Hay que ver lo
que se atreven a hacer estos call centers. Me han hablado de cientos de
engendros biomecánicos que chorrean hormonas y mascan alucinógenos, y hacen mil
llamadas diarias. Pero eso no es más que pura habladuría. Esa voz seductora
tenía que pertenecer a una mujer de carne y hueso.
—No
tengo los cinco minutitos. Y no me interesa participar de ninguna encuesta.
Adi...
—¡Bebé!
Tu nombre es Roberto Uberni, ¿no? ¿Puedo llamarte Roby? ¡No te me pongas así!
Sólo te hago unas preguntitas y después te cuento las chanchaditas que hago por
ahí, dulce.
Me tomó
desprevenido. Su voz era muy sugerente. Paladeaba cada palabra de una forma
estremecedora. Inevitablemente algo ardió dentro de mí. Me había enganchado.
—Bue-e-no,
supongo que puedo contestar algunas preguntas...
—Así me
gusta, bombón. —Me llenó el oído con una risa suculenta, una escala ascendente
de sonidos brillantes que terminó con un dejo de jadeo, y retomó el tono
impersonal y formal—. Empecemos. De uno a diez, ¿qué puntaje le daría al sabor
de VitaSorbi, la golosina nutritiva?
VitaSorbi.
Fabulosa. Decían que la barrita grumosa y dulce que todos chupábamos era, entre
otras cosas, un concentrado hormonal que el gobierno suministraba para aumentar
la fertilidad en la población. Ese era un rumor infundado, a lo sumo una
versión extraoficial. En realidad VitaSorbi no era más que una sabrosa golosina
afrodisíaca.
—Diez.
Es muy rica.
—¿Cuándo
fue la última vez que estuvo enfermo?
—No lo
recuerdo.
—¿Es
heterosexual?
—Sí.
—¿Cuántas
veces a la semana tiene relaciones sexuales?
—Eh...
tres... No. Tres no. Cuatro. Sí. Cuatro veces por semana. —Obviamente, exageré
un poco.
—¿Se
masturba?
—¿Eh?
¿Tienen relevancia estadística mis hábitos sexuales?
—Roby,
no te enojes —volvió a hablarme tentadoramente, con susurros lentos y húmedos—.
Es que me calienta saber si sos un semental... Imaginarte en acción me excita,
bombón... ¿Podemos continuar?
—Eh...sí.
Claro... —Una erección incipiente prometía descoserme el pantalón.
—No me
contestó si se masturba. —Había cambiado nuevamente a la voz neutra.
—Pues
sí. Ocasionalmente.
—¿Tiene
hijos?
—No que
yo sepa...
Ninguna
pregunta para recabar datos personales. Según me contaron, nos espían
constantemente y lo saben todo acerca de todos. Pero no hay que creer todo lo
que se dice por ahí.
—¿Cuál
de estas tres problemáticas le parece más acuciante: la presunta amenaza de una
nueva guerra con los kexubianos, la escasez de alimentos, o la creciente
epidemia de SEI?
—¿Hay
una epidemia de SEI? Tengo entendido que sólo fueron algunos casos aislados. Lo
de la escasez de alimentos es una patraña descarada de la oposición. Las
golosinas se consiguen fácilmente en cualquier kiosco. VitaSorbi, CalciBuma,
FosfoCroks... De modo que me parece que la posible guerra con los kexubianos es
lo más grave. Pero si ya le pateamos el trasero una vez, ¿por qué no dos?
¡Epidemia
de SEI! ¿Quién podía tragarse tal camelo? No conocía a nadie que padeciera el
Síndrome de Esterilidad Inducida.
—Una
última preguntita, Roby, ¿estarías dispuesto a colaborar con el gobierno en esta
guerra fácil que te ofrece la oportunidad de transformarte en un héroe,
envidiado por los hombres, codiciado por las mujeres? Yo te codiciaría. Es más,
te deseo ahora... Ay, bebé, estoy tan caliente, cuantas ganas que tengo de
verte para...
Y entre
los gritos roncos de mi paroxismo orgásmico dije que sí, que estaba dispuesto a
cualquier cosa con tal de que ella siguiera en la línea, contándome entre
jadeos y gemidos sus fantasías eróticas.
Al día
siguiente los comandos me sacaron a la rastra de mi casa.
Ahora
estoy enchufado a esta máquina que acelera mi metabolismo y cataliza todos mis
procesos vitales. Es una especie de jaula-cama que me inmoviliza. Las llamamos
jaumas. La jauma potencia mis dotes viriles y estimula mi libido. Me han
convertido en un semental.
En este
cubil estrecho veo la guerra por televisión, aunque, cuando se dedican a
mostrar las calles vacías de la ciudad durante horas, prefiero girar la cabeza
para no ver. Me atiborran de VitaSorbi, FosfoCrocks, CalciBuma y otras
golosinas estupendas que nunca había encontrado en los kioscos. Y dos veces al
día viene Lara, mascando alucinógenos y chorreando hormonas. Me monta con
frenesí cada vez. Sus servomotores chirrían con pasión y me llama
"Roby" con esa voz maravillosamente sexy que me enardece. Luego se
dirige a la Incubadora, llevándose los óvulos fecundados en su vientre de metal
y plástico. Tengo la certidumbre de que algún día mis hijos serán soldados
valerosos que le patearán el trasero a los espantosos kexubianos. Y podré
verlos por televisión, triunfantes, enarbolando nuestra bandera.
Lara me
ha dicho que se escucha un nuevo rumor en los barracones: los alienígenas han
fumigado todo el planeta. Me ha dicho que cada vez somos menos hombres, que la
semilla humana está muriendo. Pero cuesta creerlo. Si hay decenas de miles de
cubiles como éste que trabajan día y noche...
Néstor Darío Figueiras
Biografía del autor: http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%A9stor_Dar%C3%ADo_Figueiras
No hay comentarios:
Publicar un comentario