Bajo
corriendo las escaleras. Evito a la gente, la rodeo, tan torpes, tan
estorbosos. Consulto con ansia el reloj del andén. Es muy tarde y los
pobrecitos allá solos. Con tanta hambre. Entro al vagón. Qué pudo entretenerme
así. No pensar en mis queridos aguardándome en casa. Atisbando la ventana o el
quicio de la puerta. Peleando entre ellos para tolerar la espera, y el hambre.
Culpa del trabajo. A veces me toma tanto tiempo, cada vez más esfuerzo. La
misma labor monótona. Por ejemplo hoy. ¿Qué hice hoy? Procuro recordar.
Imposible. Seguramente hubo cartas, memorándums, correos. Lo mismo que ayer y
anteayer. ¿Cómo es que no recuerdo un solo detalle? Debe ser el ron. Me gusta
el ron y a ellos les divierte que lo beba. A mí las borracheras no me embotan,
por el contrario, dan alas a mi lengua y puedo estar durante horas contando
esas historias que ellos disfrutan. Viéndolos palmotear y agitarse de gusto
comprendo que bien valdrá la pena la resaca del siguiente día. Los quiero
tanto. Fui encontrándomelos uno a uno, por separado y en diferente lugar. Tan
asustados, tan solos como yo misma. El primero se resistió un poco, lleno de
pánico. Los otros me siguieron con más facilidad, tal vez porque ya sabía cómo
abordarlos, cómo ganar su confianza. Les obsequié dulces, pan, huevos revueltos
y leche tibia. Pero su hambre es tan grande, tan vieja. El desamparo es un pozo
sin fondo, por eso los cuido, para llenarlos un poco.
Subo la
escalera del edificio y evito a la gente, la rodeo. Dos hombres lo cargan en
una camilla. Uno de ellos, el más viejo, explica algo al otro, un muchacho
barroso y coloradizo. El hombre habla en voz muy alta, dándose su importancia,
feliz de contar con el embelesado auditorio de vecinos. Nerviosa, apenas si
escucho al tipo, voy rogando porque ellos estén entretenidos y no se asusten
con toda esa gente en el pasillo. Por que no se les ocurra empezar a chillar.
El conserje está allí y si los oyera nos echaría del edificio, a mí junto con
ellos. El chico barroso balbucea algo sobre unas ratas y el otro, muy doctoral,
que no, imposible que ratas o gatos, incluso perros, a menos que los perros
tengan navajas muy largas por colmillos.
La
gente no se dispersa y un grupo de policías obstruye el pasillo. Las puertas de
los departamentos están abiertas. Todas las puertas. El conserje sopesa el gran
manojo de llaves en sus manos. El infeliz, les dejó salir. Aunque no veo el
interior de mi departamento sé que está vacío. Que no están. Ignoro si el
alivio de que no los hayan descubierto es lo que me marea de pronto. Un vértigo
infame que parece arrastrarme al fondo de la tierra. Tal vez el recuerdo del
ron. O las pastillas que siempre tomo para dormir, para no soñar, aunque desde
que ellos llegaron ya nunca sueño. Los policías siguen estorbando. Algo estorba
también a los de la camilla, que dejan de avanzar. ¿Dónde estarán mis
chiquitos? Tendré que salir a buscarlos, por las escaleras de incendios, hasta
lo más oscuro de los patios o el estacionamiento, donde estarán muertos de frío
y de hambre. Malditos policías, maldito conserje. Oigo retazos de pláticas,
murmullos. Que si varios días. Que si el conserje lo descubrió. Los de la
camilla discuten con un hombre. Reportero, dice. Chamarra barata y cutis de
alcohólico irredento, seguro de algún periódico amarillo. Pide una sola foto. Y
los camilleros que no. Una mujercita del segundo o tercer piso, no sé, alza la
sábana con descaro a pesar de la protesta de los de la camilla. Los ojos de
todos se alargan, ávidos. Y yo quiero negarme a ver, a ser como toda esa gente
amontonada, bovina. Pero miro también. Observo la sábana alzarse, sucia,
blanca, roja y amarillenta. El flash dispara una, dos veces. Y ante lo que veo
vuelve el vértigo, vuelven las palabras oídas en pedazos: varios días, el olor,
el conserje que llamó a la policía, un frasco vacío de pastillas, una botella
vacía de ron, mutilaciones extensas. Cuando los flashes se apagan comprendo
que, donde ellos estén, no tienen hambre. Que ahora ya saben qué comer y aquí
vive tanta gente. El vértigo se vuelve una borrachera gozosa y con un resabio
de desprecio veo alejarse al par de camilleros llevando en peso mi cadáver.
Doris Camarena
Biografía del autor: http://www.ficticia.com/autores/doriscamarenasem.html
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