miércoles, 4 de septiembre de 2013

Polvillo verde

El polvillo era de buena calidad, fino y seco. Excelente mercancía. De la mejor que Erico hubiese examinado. Excepto por aquel color verde fosforescente.
—¿Qué es esto? —preguntó a su proveedor.
—Químicos. Los mejores —dijo el traficante, guiñando un ojo.
Erico titubeó antes de entregar el dinero y guardar dentro del saco la bolsita transparente repleta de polvillo verde. Su proveedor de confianza jamás le había vendido nada que no fuese «lo mejor». Y él nunca se había negado a experimentar con un producto nuevo.
—No tienes que quemarla —dijo el proveedor. Erico se sintió un tanto desilusionado—. Sólo tienes que mezclarla con un poco de licor, vino, vodka, lo que quieras. Lo bebes y estarás listo para el viaje de tu vida.
Erico regresó a casa y se dispuso a drogarse de inmediato. Había estado sufriendo absurdas alucinaciones sobre ancianos de barbas blancas que lo condenaban a muerte por crímenes indecibles. Le agobiaba una inefable sensación de culpa y se visualizaba huyendo por senderos desolados, ocultándose de una intransigente justicia que le había puesto precio a su cabeza. Inmerso en esas incongruencias, sirvió con premura una copa a rebosar de vino tinto y la espolvoreó con un poco del polvillo. Se odiaba por recurrir a la droga. Solía pensar que algún día esos polvillos acabarían con su vida. Pero era la manera más eficiente de perder la conciencia y olvidar esas extrañas imágenes de muerte.
Minutos después seguía lúcido, esperando impaciente por el efecto. No hubo viaje. No hubo colores. No hubo psicodelia ni mujeres desnudas bailando frente a él. Nada. La botella vacía y la ausencia de dopaje eran prueba de su fracaso. Viéndose estafado, decidió apelar a su ritual personal. Su propia versión narcotizada de una misa sacra y solemne. Encendió un mechero, colocó una mínima cantidad del polvillo verde en el cuenco de una cucharilla y lo incineró hasta convertirlo en un líquido fluorescente. Inyectó la droga en su tobillo, en medio de un ramillete de marcas. Y de inmediato despegó.
El viaje fue tan real que Erico pudo percibir el calor de las estrellas mientras atravesaba el universo. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. La travesía lo condujo hacia un mundo exótico. Esta vez no se encontró desnudo corriendo a través de un campo floreado. En vez de su usual alucinación, Erico avistó un extenso desierto de color verde, bañado por un cielo tan blanco como la más pura de las cocaínas.
—Un mundo de polvillos —susurró Erico, dándole un visto bueno a su alucinación.
Deambuló por las arenas verdes, sintiéndose la versión hippie de un Jesucristo en su retiro espiritual, cuando el desierto bajo sus pies se abrió en dos. Erico solía vislumbrar seres imposibles mientras «viajaba», pero jamás había visto criaturas como aquellas. Esbeltas, enormes, escamosas, bípedas. Híbridos entre un reptil y un elegante cisne de cuello largo. Animales producidos por la más disparatada imaginación.
Palideció asombrado después de escuchar aquella voz. Provenía de uno de los animales, pero éste no movió las rígidas líneas de carne rojiza que tenía por labios. Las palabras eran confusas; un dialecto desconocido. Erico se mantuvo inmóvil, incapacitado para huir o responder, hasta que una mujer vestida con hojas y ramas entorchadas descendió del animal y se detuvo frente a él.
—Nora Emtuná —dijo la mujer, furiosa, señalando a Erico.
—Nora Emtuná —repitió otra voz desde el lomo de otro animal. Era un hombre, dos veces más alto que la mujer, dos veces más pesado que Erico. De piel aceitunada. Cabellos negros y lacios, tan largos que enmarcaban todo su cuerpo.
—No sé qué dicen. No los entiendo —dijo Erico. Después de un leve silencio, advirtió a más animales enormes brotando desde el fondo de la arena verde, y sobre ellos, a más hombres y mujeres.
Hubo una corta y airada discusión entre ellos. Erico se limitó a observar. Y fue poco lo que pudo hacer cuando lo arrastraron, sujeto por los brazos cual ligero paquete. Descendieron bajo tierra. La arena verde se abría dócil a su paso. Erico maravillábase ante el realismo de su alucinación. Deseaba despertar, disolver el efecto del polvillo verde. Apenas lograba respirar mientras la arena se deslizaba sobre su rostro, su pecho, su espalda. Estaba siendo enterrado vivo.
Descendieron hasta una amplia cueva de paredes oscuras y verdosas. Erico advirtió allí árboles, personas, edificaciones, animales de diversas fisonomías. En medio, alumbrada por teas, se erigía una majestuosa roca roja. Lo arrastraron hasta ella. Allí lo amarraron con cadenas y lo amordazaron. Desesperado, Erico gimió y luchó por zafarse. Pero ya era demasiado tarde. El ritual de ajusticiamiento había comenzado.
Un anciano de larga y nívea barba, idéntico al que lo azoraba en sus pesadillas, avanzó hacia él, con los ojos ocultos tras gruesos cristales y una vasija de barro entre las manos. La vasija contenía el mismo polvillo verde que Erico se había inyectado en las venas. Tras pronunciar unas cuantas palabras, el anciano tomó entre los dedos un pellizco del polvillo y, solemne, lo sopló sobre los ojos del encadenado.
Erico gritó a causa del ardor. Sintió el efecto de la droga como un golpe seco contra su cerebro. De pronto recordó todo. Recordó el asesinato que había obrado meses atrás. Recordó el juicio en su contra y la sentencia de muerte que pesaba sobre su cabeza. Recordó su escape y los incontables días vagando por el desierto, apenas provisto de agua y comida.
Todo ese tiempo había estado delirando, soñando con un mundo absurdo e irreal, en donde él compraba polvillos a un hombre para luego inyectárselos en el tobillo y olvidar así sus abominables acciones y la cercanía de su ejecución. Ahora gozaba de total lucidez, y sabía que ya no podía huir de su destino. El polvillo verde al contacto con sus ojos era veneno suficiente para ejecutar su sentencia de muerte.

Ruth N. Abelo


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