El
polvillo era de buena calidad, fino y seco. Excelente mercancía. De la mejor
que Erico hubiese examinado. Excepto por aquel color verde fosforescente.
—¿Qué
es esto? —preguntó a su proveedor.
—Químicos.
Los mejores —dijo el traficante, guiñando un ojo.
Erico
titubeó antes de entregar el dinero y guardar dentro del saco la bolsita
transparente repleta de polvillo verde. Su proveedor de confianza jamás le
había vendido nada que no fuese «lo mejor». Y él nunca se había negado a
experimentar con un producto nuevo.
—No
tienes que quemarla —dijo el proveedor. Erico se sintió un tanto
desilusionado—. Sólo tienes que mezclarla con un poco de licor, vino, vodka, lo
que quieras. Lo bebes y estarás listo para el viaje de tu vida.
Erico
regresó a casa y se dispuso a drogarse de inmediato. Había estado sufriendo
absurdas alucinaciones sobre ancianos de barbas blancas que lo condenaban a
muerte por crímenes indecibles. Le agobiaba una inefable sensación de culpa y
se visualizaba huyendo por senderos desolados, ocultándose de una intransigente
justicia que le había puesto precio a su cabeza. Inmerso en esas
incongruencias, sirvió con premura una copa a rebosar de vino tinto y la
espolvoreó con un poco del polvillo. Se odiaba por recurrir a la droga. Solía
pensar que algún día esos polvillos acabarían con su vida. Pero era la manera
más eficiente de perder la conciencia y olvidar esas extrañas imágenes de
muerte.
Minutos
después seguía lúcido, esperando impaciente por el efecto. No hubo viaje. No
hubo colores. No hubo psicodelia ni mujeres desnudas bailando frente a él.
Nada. La botella vacía y la ausencia de dopaje eran prueba de su fracaso.
Viéndose estafado, decidió apelar a su ritual personal. Su propia versión
narcotizada de una misa sacra y solemne. Encendió un mechero, colocó una mínima
cantidad del polvillo verde en el cuenco de una cucharilla y lo incineró hasta
convertirlo en un líquido fluorescente. Inyectó la droga en su tobillo, en
medio de un ramillete de marcas. Y de inmediato despegó.
El
viaje fue tan real que Erico pudo percibir el calor de las estrellas mientras
atravesaba el universo. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. La travesía lo condujo
hacia un mundo exótico. Esta vez no se encontró desnudo corriendo a través de
un campo floreado. En vez de su usual alucinación, Erico avistó un extenso
desierto de color verde, bañado por un cielo tan blanco como la más pura de las
cocaínas.
—Un
mundo de polvillos —susurró Erico, dándole un visto bueno a su alucinación.
Deambuló
por las arenas verdes, sintiéndose la versión hippie de un Jesucristo en su
retiro espiritual, cuando el desierto bajo sus pies se abrió en dos. Erico
solía vislumbrar seres imposibles mientras «viajaba», pero jamás había visto
criaturas como aquellas. Esbeltas, enormes, escamosas, bípedas. Híbridos entre
un reptil y un elegante cisne de cuello largo. Animales producidos por la más
disparatada imaginación.
Palideció
asombrado después de escuchar aquella voz. Provenía de uno de los animales,
pero éste no movió las rígidas líneas de carne rojiza que tenía por labios. Las
palabras eran confusas; un dialecto desconocido. Erico se mantuvo inmóvil,
incapacitado para huir o responder, hasta que una mujer vestida con hojas y
ramas entorchadas descendió del animal y se detuvo frente a él.
—Nora
Emtuná —dijo la mujer, furiosa, señalando a Erico.
—Nora
Emtuná —repitió otra voz desde el lomo de otro animal. Era un hombre, dos veces
más alto que la mujer, dos veces más pesado que Erico. De piel aceitunada.
Cabellos negros y lacios, tan largos que enmarcaban todo su cuerpo.
—No sé
qué dicen. No los entiendo —dijo Erico. Después de un leve silencio, advirtió a
más animales enormes brotando desde el fondo de la arena verde, y sobre ellos,
a más hombres y mujeres.
Hubo
una corta y airada discusión entre ellos. Erico se limitó a observar. Y fue
poco lo que pudo hacer cuando lo arrastraron, sujeto por los brazos cual ligero
paquete. Descendieron bajo tierra. La arena verde se abría dócil a su paso.
Erico maravillábase ante el realismo de su alucinación. Deseaba despertar, disolver
el efecto del polvillo verde. Apenas lograba respirar mientras la arena se
deslizaba sobre su rostro, su pecho, su espalda. Estaba siendo enterrado vivo.
Descendieron
hasta una amplia cueva de paredes oscuras y verdosas. Erico advirtió allí
árboles, personas, edificaciones, animales de diversas fisonomías. En medio,
alumbrada por teas, se erigía una majestuosa roca roja. Lo arrastraron hasta
ella. Allí lo amarraron con cadenas y lo amordazaron. Desesperado, Erico gimió
y luchó por zafarse. Pero ya era demasiado tarde. El ritual de ajusticiamiento
había comenzado.
Un
anciano de larga y nívea barba, idéntico al que lo azoraba en sus pesadillas,
avanzó hacia él, con los ojos ocultos tras gruesos cristales y una vasija de
barro entre las manos. La vasija contenía el mismo polvillo verde que Erico se
había inyectado en las venas. Tras pronunciar unas cuantas palabras, el anciano
tomó entre los dedos un pellizco del polvillo y, solemne, lo sopló sobre los
ojos del encadenado.
Erico
gritó a causa del ardor. Sintió el efecto de la droga como un golpe seco contra
su cerebro. De pronto recordó todo. Recordó el asesinato que había obrado meses
atrás. Recordó el juicio en su contra y la sentencia de muerte que pesaba sobre
su cabeza. Recordó su escape y los incontables días vagando por el desierto,
apenas provisto de agua y comida.
Todo
ese tiempo había estado delirando, soñando con un mundo absurdo e irreal, en
donde él compraba polvillos a un hombre para luego inyectárselos en el tobillo
y olvidar así sus abominables acciones y la cercanía de su ejecución. Ahora
gozaba de total lucidez, y sabía que ya no podía huir de su destino. El
polvillo verde al contacto con sus ojos era veneno suficiente para ejecutar su
sentencia de muerte.
Ruth N. Abelo
Biografia del autor: http://biosdelosblogsh.blogspot.com.ar/2012/10/ruth-n-abello.html
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