Recuerdo…
recuerdo cómo llegaste hasta aquí. Resulta difícil recomponer el cuadro con
fragmentos… tan pequeños. Frágil como el cristal, mi mente rota. Cuando menos
lo esperas, de entre las manos confiadas, cae al suelo. La confianza es
ceguera, negar la oscuridad que nos sostiene. Ya no quedaba nadie a mi lado.
Olvidé los nombres, las palabras, replegado sobre mí mismo para protegerme del
frío. La humanidad eran esos seres lejanos, extraños. A nadie le importaba que
viviera o muriera; dudo que tampoco me importara mucho a mí. Se puede estar
muerto mientras se respira.
Recuerdo…
haber matado, como radical forma de llamar la atención. Sólo para sentir de
nuevo el calor humano, la sangre, los golpes. Sentirme vivo otra vez. Pero el
alma se fue desvaneciendo por el camino, perdiéndose en hilachos de niebla. El
pozo, tan profundo, de la oscuridad. Nunca se llega al fondo; sólo se puede
flotar y hundirse, un poco más, en la negrura. Hasta que no se distingue el
propio cuerpo, y se forma parte de ella. ¿Fue así el origen? Y a él volvemos,
como a una memoria escondida.
Recuerdo…
haber subido a la azotea. La brisa de la noche, como un milagro para los
sentidos. Cerrar los ojos, y fundir mi oscuridad con la de afuera. Y mi voz hablando,
preguntando con palabras sin sonido, dibujadas en la mente. ¿Quién habla en
verdad, a quién, para qué? Como un eco en el abismo nocturno de las montañas.
Hablar conmigo mismo, ese desconocido para darle sentido a lo que ya no lo
tiene. Con el corazón muerto, bailo sobre un pie, luego sobre el otro; justo al
borde. Y me carcajeo, como si hubiese descubierto de repente que la vida es
justo este juego suicida. ¿Es valentía, o cobardía saltar? Qué importa. Sólo sé
que es el único lugar que jamás he pisado. Y avanzo hacia el infinito…
Recuerdo…
el dolor. Ah, tan inmenso, abrumador… que gritar resulta imposible. ¿Es esto
morir? ¿Nacer? No puedo moverme, pero cada nervio es como un hilo incandescente
que me recorre, el éxtasis de la carne abierta, bañada en sangre. Escucho
voces, ruidos, como a través de un mar revuelto. Siento que me elevan; el dolor
me sacude, torturante. Pero podría llorar de felicidad. He tenido que saltar al
infinito para que mis hermanos, los hombres, quisieran volver a mi lado.
Recuerdo…
que despertaba y dormía, una y otra vez, siempre en un lecho de dolor. Me
hablaban y yo respondía, como en sueños; no recuerdo nada de lo que dije, salvo
una cosa: que volvería a saltar, una y mil veces, hasta fundirme con la verdad
de lo que nos oculta el universo. Luego, dormía…
Recuerdo…
que un día, al despertar, el dolor había desaparecido por completo… Tampoco
sentía ninguna emoción en especial, como si me las hubiesen estirpado todas,
dejando por restos un ánimo neutralizado. Por eso creo que no me sorprendió ver
que mi cuerpo había desaparecido. Estaba integrado en la torreta de un vehículo
de combate, una especie de helicóptero, según me pareció; y sentía su blindaje
azulado de la misma forma que antes sentía mi piel. Igual que sentía de nuevo
las ganas de matar, de disparar sobre cualquier objetivo que tuviese delante.
Como si hubiese nacido justo para eso, y ninguna otra acción en el mundo me
pudiese brindar mayor satisfacción.
Recuerdo…
mis últimos momentos sobre la Tierra, mientras nos cargaban en el crucero de
batalla que nos conduciría a las estrellas. El cerebro principal del vehículo
me transmitía datos, por miles, acerca de la naturaleza de las misiones que
íbamos a emprender. Todas relacionadas con la exterminación de formas de vida nativas,
allí donde las sondas exploradoras indicaron –siglos atrás– que los hombres
podrían asentarse, como en un nuevo renacer.
Es
curioso pensar cómo fui salvado por la humanidad, transformado y reutilizado
por ella para sus fines –que ahora son los míos–, como el cordero que escapó
del redil. Han sabido aprovechar mi esencia homicida para el bien común y el
mío propio; así fuera un organismo gigantesco que no desdeña ni a la más
defectuosa de sus células. Doy gracias cada día por pertenecer a esta masa
biológica depredadora, que nada a conseguido detener aún.
Estoy
deseando matar bajo la luz de otros soles.
Luis Bermer
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