miércoles, 4 de septiembre de 2013

Imprimátur

Comenzó a llover. Corrió a esconderse en un portal.
—Suerte de vivir en esta ciudad...
Llegó un transeúnte y encendió un cigarro. Arrojó el fósforo cerca de él.
Saltó a un lado.
—Psss, oye...
El tipo miró.
—¿Qué pasa?
—Soy de papel, ¿ves?
El otro se quedó perplejo.
—Oh, mucho gusto. Perdona.
Y le dio la mano.
—No aprietes.
Llegó el inventor.
—¿Qué haces?
—Ya ves, conozco a la gente. El señor es amigo mío.
—¡Qué hay!
—¡Hola!
—¿Ha sido correcto?
—Sí . Es maravilloso. No había reparado en él.
—Lo hice en veinte días.
—Parece real.
—Lo es. Un ser ideal, único, con la historia del mundo en sus espaldas.
Y señaló a aquel cuerpo cubierto de hojas de periódico, revistas, libros, facturas, volantes, cartas, tarjetas postales, panfletos y láminas.
—Sin músculos y sin nervios.
—Solo entre el vidrio y el metal —dijo el ser—. Ellos tienen sus alambres y yo tengo mis líneas de galera.
—Está por el progreso de la Humanidad —dijo el inventor.
—Por la unión de los continentes en una sola masa sólida —dijo el ser.
—Por la paz.
—Por el asalto a la Luna y su transformación en automóvil cósmico —insistió el ser.
—¿Qué hace? —preguntó el transeúnte—. ¿Cómo vive?
—Me leo. Estoy lleno de noticias, cubierto de fotos, cargo a mis espaldas los sucesos del mundo. Soy la unidad...
—Interesante —comentó el extraño—. Cuéntame algo.
El ser adelantó uno de sus brazos con la siguiente leyenda en la página de una revista:
"Interpolación de los cuerpos"
—Mire ahí...
El transeúnte comenzó a leer en voz baja:
"Una esfera, dice el profesor Redondo, es el punto de una dimensión mayor, el comienzo de una línea en otra dimensión mayor. Un esfera está llena por dentro de inquietud. Es una forma con un contenido que no reposa. El átomo no pudiera concebirse dentro de un cubo. Ni el sistema solar. Por eso decimos que es posible la interpolación de los cuerpos viajando a través de la materia conocida, que no es compacta..."
—¿Qué le parece?
—No sé. No entiendo nada.
—Es aburrido. Pero vea éste.
Apuntó hacia su estómago:
"Un grupo de perros ha cruzado a nado el canal de la Mancha. Al llegar a la orilla cayeron rendidos. Unos gatos que merodeaban por la playa acudieron a entregarles una copa. ¡Bienvenidos a la tierra del queso! Los perros saludaron respetuosamente con las espaldas llenas de arena e hicieron ademán de quitarse el sombrero...
—Inútil—dijo uno de los gatos—.Está prohibido."
—Y éste, ¿para qué sirve?
—No sé —respondió el ser—. Para despertar la imaginación.
—Se lo compro —dijo el transeúnte al inventor.
—No, no puedo. Es mi orgullo. No le puedo vender mi orgullo.
—¿Cuánto quiere? ¿Qué quiere?
—Nada. No está en venta. No insista.
—¿No puede hacer otro?
—No quedaría igual. Éste es una suerte inmensa.
—¿Y la fórmula?
—No hay fórmula.
—Bueno, el plan. ¿No fue anotando sus pasos? Puede construir otro, ¿no?
—Pero no sería igual.
—¿Hablaría?
—No, no sé. Creo que no. Creo que ya no puedo hacer más que éste.
—Mire, déjese de boberías. Una vez hecho uno no debe ser difícil.
—¿Difícil? ¿Había visto uno antes?

Ángel Arango

La ilusion


Ana vivía en un mundo oscuro, en el que dominaba la maldad, las guerras eran muy comunes y el robo era una costumbre. Un mundo en el que nada se entendía. El hombre lo había destrozado, hasta que nació Ana. Ella era una pequeña muy especial podía ver lo que iba a ocurrir si el hombre seguía destruyendo el mundo.
Ana nació un 2 de Abril de 2350 donde el mundo era pura tecnología y en el vivía la avaricia, el hombre hacia todo por dinero.
Un día ella tuvo un presentimiento de que algo malo iba a pasar, dos continentes iban a pelear por poder, y uno de ellos desaparecería. Ana corrió a decirle a su madre, pero ella no le creyó, pensando que era parte de su imaginación. A Ana no le importo lo que su madre creyera y fue a la fábrica de un conocido diario llamado "El Mundo", pero ellos tampoco le creyeron. Ella desilusionada por lo ignorante que era la gente, decidió no contarle nada a nadie.
Al día siguiente, salió una noticia en un noticiero diciendo que el continente americano y el asiático habrían entrado en guerra para ver quién era la mayor potencia mundial. Ana tan sorprendida por lo que ocurría, le dijo a su madre que debía hablar con el presidente continental americano, para que reflexionara y decidiera parar la guerra. Pero su madre seguía desconfiando de ella. Ana no pudo hacer nada y el mundo como ella lo había precedido se estaba destruyendo, poco a poco, la gente iba enfermando hasta morir o se suicidaban por miedo por lo que iba a ocurrir.
Ana le pregunto a su madre: ¿Todavía seguís desconfiando de mí? Y su madre le responde: Yo tenía miedo por lo que te podía pasar a vos. Ella le responde: Yo no tenía miedo, por qué creí que el mundo se podía salvar de alguna manera, yo nunca perdí la Ilusión.

Rocio Gonzalez Adel

Hambre

Bajo corriendo las escaleras. Evito a la gente, la rodeo, tan torpes, tan estorbosos. Consulto con ansia el reloj del andén. Es muy tarde y los pobrecitos allá solos. Con tanta hambre. Entro al vagón. Qué pudo entretenerme así. No pensar en mis queridos aguardándome en casa. Atisbando la ventana o el quicio de la puerta. Peleando entre ellos para tolerar la espera, y el hambre. Culpa del trabajo. A veces me toma tanto tiempo, cada vez más esfuerzo. La misma labor monótona. Por ejemplo hoy. ¿Qué hice hoy? Procuro recordar. Imposible. Seguramente hubo cartas, memorándums, correos. Lo mismo que ayer y anteayer. ¿Cómo es que no recuerdo un solo detalle? Debe ser el ron. Me gusta el ron y a ellos les divierte que lo beba. A mí las borracheras no me embotan, por el contrario, dan alas a mi lengua y puedo estar durante horas contando esas historias que ellos disfrutan. Viéndolos palmotear y agitarse de gusto comprendo que bien valdrá la pena la resaca del siguiente día. Los quiero tanto. Fui encontrándomelos uno a uno, por separado y en diferente lugar. Tan asustados, tan solos como yo misma. El primero se resistió un poco, lleno de pánico. Los otros me siguieron con más facilidad, tal vez porque ya sabía cómo abordarlos, cómo ganar su confianza. Les obsequié dulces, pan, huevos revueltos y leche tibia. Pero su hambre es tan grande, tan vieja. El desamparo es un pozo sin fondo, por eso los cuido, para llenarlos un poco.
Subo la escalera del edificio y evito a la gente, la rodeo. Dos hombres lo cargan en una camilla. Uno de ellos, el más viejo, explica algo al otro, un muchacho barroso y coloradizo. El hombre habla en voz muy alta, dándose su importancia, feliz de contar con el embelesado auditorio de vecinos. Nerviosa, apenas si escucho al tipo, voy rogando porque ellos estén entretenidos y no se asusten con toda esa gente en el pasillo. Por que no se les ocurra empezar a chillar. El conserje está allí y si los oyera nos echaría del edificio, a mí junto con ellos. El chico barroso balbucea algo sobre unas ratas y el otro, muy doctoral, que no, imposible que ratas o gatos, incluso perros, a menos que los perros tengan navajas muy largas por colmillos.
La gente no se dispersa y un grupo de policías obstruye el pasillo. Las puertas de los departamentos están abiertas. Todas las puertas. El conserje sopesa el gran manojo de llaves en sus manos. El infeliz, les dejó salir. Aunque no veo el interior de mi departamento sé que está vacío. Que no están. Ignoro si el alivio de que no los hayan descubierto es lo que me marea de pronto. Un vértigo infame que parece arrastrarme al fondo de la tierra. Tal vez el recuerdo del ron. O las pastillas que siempre tomo para dormir, para no soñar, aunque desde que ellos llegaron ya nunca sueño. Los policías siguen estorbando. Algo estorba también a los de la camilla, que dejan de avanzar. ¿Dónde estarán mis chiquitos? Tendré que salir a buscarlos, por las escaleras de incendios, hasta lo más oscuro de los patios o el estacionamiento, donde estarán muertos de frío y de hambre. Malditos policías, maldito conserje. Oigo retazos de pláticas, murmullos. Que si varios días. Que si el conserje lo descubrió. Los de la camilla discuten con un hombre. Reportero, dice. Chamarra barata y cutis de alcohólico irredento, seguro de algún periódico amarillo. Pide una sola foto. Y los camilleros que no. Una mujercita del segundo o tercer piso, no sé, alza la sábana con descaro a pesar de la protesta de los de la camilla. Los ojos de todos se alargan, ávidos. Y yo quiero negarme a ver, a ser como toda esa gente amontonada, bovina. Pero miro también. Observo la sábana alzarse, sucia, blanca, roja y amarillenta. El flash dispara una, dos veces. Y ante lo que veo vuelve el vértigo, vuelven las palabras oídas en pedazos: varios días, el olor, el conserje que llamó a la policía, un frasco vacío de pastillas, una botella vacía de ron, mutilaciones extensas. Cuando los flashes se apagan comprendo que, donde ellos estén, no tienen hambre. Que ahora ya saben qué comer y aquí vive tanta gente. El vértigo se vuelve una borrachera gozosa y con un resabio de desprecio veo alejarse al par de camilleros llevando en peso mi cadáver.

Doris Camarena


Polvillo verde

El polvillo era de buena calidad, fino y seco. Excelente mercancía. De la mejor que Erico hubiese examinado. Excepto por aquel color verde fosforescente.
—¿Qué es esto? —preguntó a su proveedor.
—Químicos. Los mejores —dijo el traficante, guiñando un ojo.
Erico titubeó antes de entregar el dinero y guardar dentro del saco la bolsita transparente repleta de polvillo verde. Su proveedor de confianza jamás le había vendido nada que no fuese «lo mejor». Y él nunca se había negado a experimentar con un producto nuevo.
—No tienes que quemarla —dijo el proveedor. Erico se sintió un tanto desilusionado—. Sólo tienes que mezclarla con un poco de licor, vino, vodka, lo que quieras. Lo bebes y estarás listo para el viaje de tu vida.
Erico regresó a casa y se dispuso a drogarse de inmediato. Había estado sufriendo absurdas alucinaciones sobre ancianos de barbas blancas que lo condenaban a muerte por crímenes indecibles. Le agobiaba una inefable sensación de culpa y se visualizaba huyendo por senderos desolados, ocultándose de una intransigente justicia que le había puesto precio a su cabeza. Inmerso en esas incongruencias, sirvió con premura una copa a rebosar de vino tinto y la espolvoreó con un poco del polvillo. Se odiaba por recurrir a la droga. Solía pensar que algún día esos polvillos acabarían con su vida. Pero era la manera más eficiente de perder la conciencia y olvidar esas extrañas imágenes de muerte.
Minutos después seguía lúcido, esperando impaciente por el efecto. No hubo viaje. No hubo colores. No hubo psicodelia ni mujeres desnudas bailando frente a él. Nada. La botella vacía y la ausencia de dopaje eran prueba de su fracaso. Viéndose estafado, decidió apelar a su ritual personal. Su propia versión narcotizada de una misa sacra y solemne. Encendió un mechero, colocó una mínima cantidad del polvillo verde en el cuenco de una cucharilla y lo incineró hasta convertirlo en un líquido fluorescente. Inyectó la droga en su tobillo, en medio de un ramillete de marcas. Y de inmediato despegó.
El viaje fue tan real que Erico pudo percibir el calor de las estrellas mientras atravesaba el universo. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. La travesía lo condujo hacia un mundo exótico. Esta vez no se encontró desnudo corriendo a través de un campo floreado. En vez de su usual alucinación, Erico avistó un extenso desierto de color verde, bañado por un cielo tan blanco como la más pura de las cocaínas.
—Un mundo de polvillos —susurró Erico, dándole un visto bueno a su alucinación.
Deambuló por las arenas verdes, sintiéndose la versión hippie de un Jesucristo en su retiro espiritual, cuando el desierto bajo sus pies se abrió en dos. Erico solía vislumbrar seres imposibles mientras «viajaba», pero jamás había visto criaturas como aquellas. Esbeltas, enormes, escamosas, bípedas. Híbridos entre un reptil y un elegante cisne de cuello largo. Animales producidos por la más disparatada imaginación.
Palideció asombrado después de escuchar aquella voz. Provenía de uno de los animales, pero éste no movió las rígidas líneas de carne rojiza que tenía por labios. Las palabras eran confusas; un dialecto desconocido. Erico se mantuvo inmóvil, incapacitado para huir o responder, hasta que una mujer vestida con hojas y ramas entorchadas descendió del animal y se detuvo frente a él.
—Nora Emtuná —dijo la mujer, furiosa, señalando a Erico.
—Nora Emtuná —repitió otra voz desde el lomo de otro animal. Era un hombre, dos veces más alto que la mujer, dos veces más pesado que Erico. De piel aceitunada. Cabellos negros y lacios, tan largos que enmarcaban todo su cuerpo.
—No sé qué dicen. No los entiendo —dijo Erico. Después de un leve silencio, advirtió a más animales enormes brotando desde el fondo de la arena verde, y sobre ellos, a más hombres y mujeres.
Hubo una corta y airada discusión entre ellos. Erico se limitó a observar. Y fue poco lo que pudo hacer cuando lo arrastraron, sujeto por los brazos cual ligero paquete. Descendieron bajo tierra. La arena verde se abría dócil a su paso. Erico maravillábase ante el realismo de su alucinación. Deseaba despertar, disolver el efecto del polvillo verde. Apenas lograba respirar mientras la arena se deslizaba sobre su rostro, su pecho, su espalda. Estaba siendo enterrado vivo.
Descendieron hasta una amplia cueva de paredes oscuras y verdosas. Erico advirtió allí árboles, personas, edificaciones, animales de diversas fisonomías. En medio, alumbrada por teas, se erigía una majestuosa roca roja. Lo arrastraron hasta ella. Allí lo amarraron con cadenas y lo amordazaron. Desesperado, Erico gimió y luchó por zafarse. Pero ya era demasiado tarde. El ritual de ajusticiamiento había comenzado.
Un anciano de larga y nívea barba, idéntico al que lo azoraba en sus pesadillas, avanzó hacia él, con los ojos ocultos tras gruesos cristales y una vasija de barro entre las manos. La vasija contenía el mismo polvillo verde que Erico se había inyectado en las venas. Tras pronunciar unas cuantas palabras, el anciano tomó entre los dedos un pellizco del polvillo y, solemne, lo sopló sobre los ojos del encadenado.
Erico gritó a causa del ardor. Sintió el efecto de la droga como un golpe seco contra su cerebro. De pronto recordó todo. Recordó el asesinato que había obrado meses atrás. Recordó el juicio en su contra y la sentencia de muerte que pesaba sobre su cabeza. Recordó su escape y los incontables días vagando por el desierto, apenas provisto de agua y comida.
Todo ese tiempo había estado delirando, soñando con un mundo absurdo e irreal, en donde él compraba polvillos a un hombre para luego inyectárselos en el tobillo y olvidar así sus abominables acciones y la cercanía de su ejecución. Ahora gozaba de total lucidez, y sabía que ya no podía huir de su destino. El polvillo verde al contacto con sus ojos era veneno suficiente para ejecutar su sentencia de muerte.

Ruth N. Abelo


Rumores


Sonó el teléfono. No hay onomatopeya apropiada para figurar ese maldito pitido burbujeante. Insulté a destajo al inocente aparato de plástico y bajé el volumen del televisor. Crucé el living en cuatro zancadas y levanté el tubo:
—¿Hola?
—Buenos días, señor. Mi nombre es Lara. Le hablo del Consejo de Defensa. Estamos realizando una encuesta. Solamente necesitamos cinco minutitos de su tiempo ¿Sería tan amable de responder las preguntas?
La voz era dulce y sensual. Estudiadamente sexy. Eso me enojó aún más. Hay que ver lo que se atreven a hacer estos call centers. Me han hablado de cientos de engendros biomecánicos que chorrean hormonas y mascan alucinógenos, y hacen mil llamadas diarias. Pero eso no es más que pura habladuría. Esa voz seductora tenía que pertenecer a una mujer de carne y hueso.
—No tengo los cinco minutitos. Y no me interesa participar de ninguna encuesta. Adi...
—¡Bebé! Tu nombre es Roberto Uberni, ¿no? ¿Puedo llamarte Roby? ¡No te me pongas así! Sólo te hago unas preguntitas y después te cuento las chanchaditas que hago por ahí, dulce.
Me tomó desprevenido. Su voz era muy sugerente. Paladeaba cada palabra de una forma estremecedora. Inevitablemente algo ardió dentro de mí. Me había enganchado.
—Bue-e-no, supongo que puedo contestar algunas preguntas...
—Así me gusta, bombón. —Me llenó el oído con una risa suculenta, una escala ascendente de sonidos brillantes que terminó con un dejo de jadeo, y retomó el tono impersonal y formal—. Empecemos. De uno a diez, ¿qué puntaje le daría al sabor de VitaSorbi, la golosina nutritiva?
VitaSorbi. Fabulosa. Decían que la barrita grumosa y dulce que todos chupábamos era, entre otras cosas, un concentrado hormonal que el gobierno suministraba para aumentar la fertilidad en la población. Ese era un rumor infundado, a lo sumo una versión extraoficial. En realidad VitaSorbi no era más que una sabrosa golosina afrodisíaca.
—Diez. Es muy rica.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo enfermo?
—No lo recuerdo.
—¿Es heterosexual?
—Sí.
—¿Cuántas veces a la semana tiene relaciones sexuales?
—Eh... tres... No. Tres no. Cuatro. Sí. Cuatro veces por semana. —Obviamente, exageré un poco.
—¿Se masturba?
—¿Eh? ¿Tienen relevancia estadística mis hábitos sexuales?
—Roby, no te enojes —volvió a hablarme tentadoramente, con susurros lentos y húmedos—. Es que me calienta saber si sos un semental... Imaginarte en acción me excita, bombón... ¿Podemos continuar?
—Eh...sí. Claro... —Una erección incipiente prometía descoserme el pantalón.
—No me contestó si se masturba. —Había cambiado nuevamente a la voz neutra.
—Pues sí. Ocasionalmente.
—¿Tiene hijos?
—No que yo sepa...
Ninguna pregunta para recabar datos personales. Según me contaron, nos espían constantemente y lo saben todo acerca de todos. Pero no hay que creer todo lo que se dice por ahí.
—¿Cuál de estas tres problemáticas le parece más acuciante: la presunta amenaza de una nueva guerra con los kexubianos, la escasez de alimentos, o la creciente epidemia de SEI?
—¿Hay una epidemia de SEI? Tengo entendido que sólo fueron algunos casos aislados. Lo de la escasez de alimentos es una patraña descarada de la oposición. Las golosinas se consiguen fácilmente en cualquier kiosco. VitaSorbi, CalciBuma, FosfoCroks... De modo que me parece que la posible guerra con los kexubianos es lo más grave. Pero si ya le pateamos el trasero una vez, ¿por qué no dos?
¡Epidemia de SEI! ¿Quién podía tragarse tal camelo? No conocía a nadie que padeciera el Síndrome de Esterilidad Inducida.
—Una última preguntita, Roby, ¿estarías dispuesto a colaborar con el gobierno en esta guerra fácil que te ofrece la oportunidad de transformarte en un héroe, envidiado por los hombres, codiciado por las mujeres? Yo te codiciaría. Es más, te deseo ahora... Ay, bebé, estoy tan caliente, cuantas ganas que tengo de verte para...
Y entre los gritos roncos de mi paroxismo orgásmico dije que sí, que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que ella siguiera en la línea, contándome entre jadeos y gemidos sus fantasías eróticas.
Al día siguiente los comandos me sacaron a la rastra de mi casa.

Ahora estoy enchufado a esta máquina que acelera mi metabolismo y cataliza todos mis procesos vitales. Es una especie de jaula-cama que me inmoviliza. Las llamamos jaumas. La jauma potencia mis dotes viriles y estimula mi libido. Me han convertido en un semental.
En este cubil estrecho veo la guerra por televisión, aunque, cuando se dedican a mostrar las calles vacías de la ciudad durante horas, prefiero girar la cabeza para no ver. Me atiborran de VitaSorbi, FosfoCrocks, CalciBuma y otras golosinas estupendas que nunca había encontrado en los kioscos. Y dos veces al día viene Lara, mascando alucinógenos y chorreando hormonas. Me monta con frenesí cada vez. Sus servomotores chirrían con pasión y me llama "Roby" con esa voz maravillosamente sexy que me enardece. Luego se dirige a la Incubadora, llevándose los óvulos fecundados en su vientre de metal y plástico. Tengo la certidumbre de que algún día mis hijos serán soldados valerosos que le patearán el trasero a los espantosos kexubianos. Y podré verlos por televisión, triunfantes, enarbolando nuestra bandera.

Lara me ha dicho que se escucha un nuevo rumor en los barracones: los alienígenas han fumigado todo el planeta. Me ha dicho que cada vez somos menos hombres, que la semilla humana está muriendo. Pero cuesta creerlo. Si hay decenas de miles de cubiles como éste que trabajan día y noche...

Néstor Darío Figueiras


Planetas

La enorme araña de silicio saca sus patas puntiagudas. Nubes de vapor violeta la rodean como si fuera un querubín sin rostro. Comienza el descenso, lento y noble; cuando las ocho patas tocan por fin la superficie del planeta rojo, un silencio de eones zumba alrededor. El silencio.
Dentro de la araña, los hombres miran la formidable pantalla que les muestra el panorama exterior. Aunque llevan décadas estudiando al planeta rojo, ahora pueden ver, extasiados, las montañas de cuarzo, los remolinos de fuego, el viento verde. Se sabe que Marte estuvo alguna vez habitado por criaturas inteligentes, traslúcidas y viscosas, quienes construyeron castillos de arcilla y plástico en alguna parte. Según los mapas, las ruinas de esos castillos se encuentran hacia el norte, más allá de las montañas. Arriba, Phobos y Deimos lo miran todo con ojos de furia eterna. Pero ahora los hombres están a punto de bajar y verlo todo con sus propios ojos. Ojos orgánicos; ojos de carne. Este momento es el resumen de muchos años de tecnología y avances científicos. Los hombres se ponen sus escafandras negras tatuadas de símbolos, aguardan a que se abra la compuerta y la escalinata descienda hacia abajo como un cuchillo.
Comienza el descenso. Hormigas humanas y temerosas. Hormigas lentas. Lo que ven los hombres a través del visor de sus cascos es una pesadilla: bosques de coníferas, autopistas solitarias, cielos grises sembrados de jirones albos. El crepúsculo coronado por un solo astro de cara blanca y bobalicona en medio del firmamento. Pueden ver al conejo de la luna y entienden que es el mismo satélite que sus tatarabuelos astronautas visitaron alguna vez a bordo de una desvencijada carcacha espacial. Sus miradas aturdidas perciben las tímidas luces de una ciudad humana que confirman la pesada broma.
Nunca llegaremos a Marte, dice el más viejo de los hombres.

El pavoroso calamar de vidrio saca sus obtusos tentáculos. Nubes de vapor anaranjado la rodean como si fuera un querubín sin rostro. Comienza el descenso, lento y noble; cuando los ocho tentáculos tocan por fin la superficie del planeta azul, un silencio de eones zumba alrededor. El silencio.
Dentro del calamar, los marcianos miran la formidable pantalla que les muestra el panorama exterior. Aunque llevan décadas estudiando al planeta azul, ahora pueden ver, extasiados, los bosques de coníferas, las montañas de piedra tosca, los ríos cristalinos que bajan hacia el océano. Se sabe que la Tierra estuvo alguna vez habitada por criaturas inteligentes, musculosas y densas, quienes construyeron autopistas y ciudades metálicas en alguna parte. Según los mapas, las ruinas de esas ciudades se encuentran hacia el oeste, más allá del mar. Arriba, el único satélite lo mira todo como un estúpido cíclope. Pero ahora los marcianos están a punto de bajar y verlo todo con sus propios ojos. Ojos orgánicos; ojos de carne. Este momento es el resumen de muchos años de oraciones y evolución mística. Los marcianos se introducen en sus crisálidas, verdes y luminosas, aguardan a que se abra la ventosa y la escalinata se desenrolle hacia abajo como la lengua de una mariposa.
Comienza el descenso. Lombrices marcianas y temerosas. Lombrices lentas. Lo que ven los marcianos a través de los antifaces es una pesadilla: montañas de cuarzo, remolinos de fuego, el viento verde. El crepúsculo coronado por las dos eternas lunas. Sus cerebros aturdidos se cimbran con el canto agudo de las sombras fosforescentes que se extiende por el planeta rojo para confirmar la pesada broma.
Nunca llegaremos a la Tierra, dice el más viejo de los marcianos.

Ricardo Bernal

El planeta negro

El capitán Stefany se acercó al grupo de sabios que se hallaban sentados en torno a la mesa discutiendo las posibilidades del nuevo planeta.
-Estaremos en él dentro de dos horas.
Los cinco hombres se mostraron nerviosos con la noticia y comenzaron a moverse como ratones alrededor de la mesa cubierta de libros y papeles.
-¿Cree usted -preguntó tímidamente el biólogo Gámez- que podamos despaciar sin novedad?
-No cabe duda -dijo Stefany-. Éste es un equipo perfecto. El más moderno que ha construido la Tierra.
Lukas, el químico-geólogo, se encogió de hombros y advirtió:
-Este planeta es diferente, ¿quién sabe lo que nos puede pasar? No hay atmósfera, no hay gravedad y no obedece a ningún sistema solar. Permanece ahí como un reto a todas las leyes conocidas: sin rotación, sin traslación y sin señales visibles de vida. Mire, Gámez, no creo que tenga mucho trabajo. Voy a prepararle una selección de mis libros para que no pierda por completo su viaje.
El astrónomo, el físico-matemático y el capitán rieron. Gámez entonces se atrevió a señalar modestamente:
-Bueno, yo siempre espero encontrar vida en cualquier parte y en cualquier forma. La vida tiene más posibilidades de lo que ustedes piensan.
-Absolutamente -confirmó Mathias, el filósofo de la expedición.
Kirkwood se acercó al grupo para informar al capitán que la nave iba a comenzar la operación del despaciamiento.
-¿Tan pronto? -preguntó Lukas.
El capitán observó su reloj.
-Habrá habido un pequeño error. Por otra parte, esto lleva su tiempo. Sírvase tomar las precauciones de costumbre.
Los cinco sabios se sentaron en las butacas de seguridad, en torno a la mesa, ajustándose las franjas protectoras. En silencio, frente a frente, cada uno observando los hechos desde el mundo de sus conocimientos, aguardaron a que la operación terminase.
El descanso y la estabilización sobre el planeta se efectuaron normalmente. La nave quedó atrapada en su trípode plegable y los hombres se dirigieron hacia las ventanillas inmediatamente que la señal verde indicó que la operación se había completado. Stefany vino hacia el grupo.
-Debemos vestirnos ahora para reconocer el lugar.
La temperatura afuera era de 120 grados bajo cero y la presión no existía. Kirkwood les ajustó los uniformes, que eran abrigo e instrumentos de observación a un mismo tiempo.
Comenzaron a introducirse en los grandes sacos herméticos, que les permitían investigar. Después entraron en la cámara de transición, de donde fueron saliendo uno a uno, en cadena, según la tradición de la astronáutica: el auxiliar delante, los sabios al centro y el capitán detrás.
Se encontraron ante un paisaje desolado, sin vegetación ni relieve. Con una superficie suave, casi pulimentada, sin luz exterior, pero que de sí misma emanaba una claridad metálica. Stefany procedió a emitir las señales convencionales del código intergaláctico.
No hubo respuesta.
Lentamente fueron avanzando sobre el helado planeta cuyo horizonte era una línea recta ininterrumpida.
-No veo nada -intercomunicó Gámez.
-No se impaciente, biólogo -dijo Lukas-. En cualquier parte podemos hallar una sorpresa. Esto me recuerda mi primer viaje a la Luna cuando niño.
-¡Tiempos románticos! Nos llevaban precisamente el último día de clase -dijo el físico-matemático.
-Justo -confirmó Stefany-, era la señal del fin de curso.
-Y uno caminaba y caminaba y todo se volvía cráteres y más cráteres -evocó Mathias.
Stefany aprovechó para preguntarle:
-¿Qué opina usted de esto?
-Es lo previsto. No hay vida visible, no hay relieve, no hay agua, no hay atmósfera, parece que caminamos sobre metal puro...
-Sí, eso es -dijo Lukas, el químico-. Es metal, un metal desconocido; es decir, una forma desconocida de metal.
Gámez entonces interrumpió la conversación:
-Yo creo que debiéramos traer el equipo móvil. Todo parece idéntico.
Los demás se mostraron conformes. Se inició el regreso a la nave.
El equipo móvil acomodó perfectamente a los siete hombres. Partieron en él a velocidad regular, mirando a uno y otro lado, conducidos por Kirkwood. El panorama idéntico se repetía.
Stefany miró su reloj para tener noción de la distancia, pues la monotonía del paisaje le impedía hallar puntos de referencia. Mantuvo también su ojo sobre el localizador automático para no perder la dirección de la nave.
Kirkwood guiaba prácticamente a la deriva; el capitán no le hacía ninguna indicación.
-¿Qué experimenta usted? -preguntó Gámez, que se había dado cuenta de la situación.
Stefany hizo señas de que guardase silencio.
-Me interesa ver cómo termina esto -advirtió en voz muy baja-. ¿Se ha puesto a pensar como biólogo en el sentido de orientación? Ésta es una prueba difícil.
Gámez asintió.
Por más que Kirkwood hiciera un largo rodeo, los visitantes nada pudieron hallar en aquel planeta que fuera diferente a lo que ya habían visto. Ni una grieta en la superficie, ni un pequeño promontorio que llamase la atención. La energía solar no llegaba hasta allí y la falta de luz hacía que sólo pudiesen alumbrarse por la claridad metálica de la propia superficie.
-¿Qué nombre le pondrían ustedes? -preguntó Stefany.
-Yo le daría un número -dijo Ali Khad, el astrónomo.
Ling, el físico-matemático, estuvo conforme.
Lukas propuso denominarlo Monotonía.
Después del recorrido se encontraron de nuevo frente a la nave. Kirkwood efectuó la inspección del vehículo móvil y reportó que había quedado exhausto de energía.
Dentro de la nave, los cinco científicos comenzaron a preparar sus experimentos. La zona próxima fue aprovechada para dejar instalados los campos de estudio. Lukas preparó su "huerto experimental" con distintas siembras de ácidos diferentes que dejó sobre la superficie del planeta. Gámez situó un número determinado de organismos elementales resistentes al frío y a la falta de presión, para comprobar las condiciones de vida.
Entre Lukas y Ali Khad hicieron esfuerzos por extraer una muestra de la superficie, pero sin consecuencias, porque todos los instrumentos resultaban más débiles que aquella forma de metal.
En torno a la mesa se reunieron los siete después de quitarse los uniformes. Kirkwood trajo los alimentos concentrados y los distribuyó. Stefany fue por una botella de vino y la colocó en el centro.
Ali Khad se frotó las manos de satisfacción.
-Gran capitán -dijo, volviéndose a Stefany-. Es usted un hombre de nobles iniciativas.
-Esos lujos están reservados en la astronáutica para ocasiones importantes -señaló Stefany.
Los demás llenaron sus vasos.
-Pensé -explicó el capitán- que un vaso de vino nos ayudaría a reflexionar.
Gámez recordó entonces la conversación del equipo móvil.
-¿Y su experiencia sobre el sentido de orientación?
-¡Ah! -exclamó Stefany-. Kirkwood no se perdería en ninguna parte. Regresó aquí sin la ayuda de los instrumentos.
-No era mi propósito -dijo Kirkwood-. Solamente guié el equipo al azar en busca de algo de interés. En un momento dado me hallé frente a nuestra nave. Y, por cierto, sin más energía para continuar. Es extraño que el vehículo haya consumido tanto.
-¿En qué proporción? -preguntó Lukas.
-De acuerdo con el reloj, casi el triple.
-Yo creo -dijo Ling- que debiéramos proseguir este cambio de impresiones por un rato y luego descansar. No tenemos aún datos suficientes para una discusión profunda.
-Es cierto -repuso Lukas-, debemos esperar el resultado de los primeros experimentos. Éste es un planeta difícil, fuera de todo el orden existente.
-La oveja negra del firmamento -dijo Mathias.
Poco después se acomodaron en las literas de la nave, y mientras Stefany llenaba su cuaderno de bitácora, los cinco sabios y Kirkwood durmieron.
La primera sorpresa llegó cuando el capitán Stefany, viendo que todos descansaban y que la situación era normal, decidió acostarse también. Antes, como buen aeronauta, encariñado con la nave que lo llevaba a través del espacio, fue a verificar la lectura de los relojes de control con la pizarra central y encontró que la energía de reserva era mucho menor de lo que estimaba.
Acudió al libro de bitácora para comprobar sus anotaciones y encontró que, efectivamente, la cifra anotada a la llegada al planeta y el remanente de energía que ahora tenía no concordaban. Había una diferencia desfavorable. Sin pensarlo un minuto despertó a Kirkwood, que creyó hallarse en vuelo.
-¿Llegamos, capitán?
-No, Kirkwood.
-¿Qué ocurre?
-¿Recuerdas la energía que quedaba cuando despaciamos?
-Sí, capitán. Teníamos diez unidades.
-Kirkwood, el reloj marca ocho.
-Recuerdo perfectamente la cifra, capitán.
-Está bien, Kirkwood. Hay alguna deficiencia en el reloj.
Entonces tomó al auxiliar por un brazo y le dijo:
-Ven, vamos a examinar el depósito. Lleva el radiomedidor.
Kirkwood y el capitán comprobaron que la cantidad de energía de reserva de la nave en aquel momento era de ocho unidades.
-Varios soles perdidos -contestó Stefany- y menos planetas.
Se volvieron y encontraron a Ali Khad, que estaba despierto.
-¿Qué ocurre, capitán?
-Ha habido un error de cálculo. Tenemos una diferencia en la energía solar del depósito.
-En contra, supongo.
Gámez y Lukas habían despertado con la conversación, y al cabo de unos minutos estuvieron enterados. Después se incorporaron también Mathias y Ling.
-Dígame, capitán -preguntó Gámez-, ¿eso afecta nuestro regreso?
-En absoluto. Necesitamos sólo cinco unidades para volver a la Tierra.
-¡Ahhh...! -suspiró Mathias.
-Además existen estaciones intermedias. Allí podríamos recargar.
Gámez consultó su reloj y explicó.
-Debo salir a ver el resultado de mis pruebas. Ya es tiempo.
Se dirigió adonde estaban colgados los uniformes-instrumentos y se metió en el saco hermético con cuidado. Luego entró en la cámara de transición.
Lukas y Mathias siguieron sus pasos.
Afuera los tres se inclinaron sobre los campos experimentales. Gámez se agachó junto a su caldo de cultivo y lo tomó en las manos enguantadas. Desplazándose pesadamente dentro del saco hermético, fue hacia la nave.
Lukas le llamó por el intercomunicador personal, pero Gámez no respondía.
Adentro de la nave, Lukas explicó que los ácidos habían desaparecido sin dejar huella sobre la superficie metálica del planeta.
-Le llamé -explicó-, pero mi intercomunicador estaba descompuesto.
Gámez se inclinaba sobre su microscopio para verificar el resultado del experimento. Nervioso, con la angustia reflejada en las venas de la frente, hinchadas como ríos, dejaba que su curiosidad se vaciase sobre el campo visual del microscopio en una persecución incesante. Por último dijo:
-No queda materia viva... Ni rastro... Ha desaparecido por completo, como si se hubiese evaporado.
En eso llegó Kirkwood informando que había habido un nuevo descenso en el reloj de la energía. Ahora marcaba siete unidades.
Stefany, Ling y Lukas fueron a examinar nuevamente el depósito mientras Gámez preparaba un segundo cultivo de organismos monocelulares resistentes al frío y a la falta de presión.
-Está en orden -dijo Stefany-. No entiendo cómo podemos estar perdiéndola. La energía de reserva está sellada.
-Kirkwood -dijo de pronto-, vea el índice de la gravedad artificial.
Kirkwood acudió presuroso a la cabina de los mandos y regresó con la lectura anotada.
-Una pérdida grande que nos dejará sin presión ni gravedad artificial dentro de dos días.
Gámez entró entonces por segunda vez en la nave. Permaneció unos minutos dentro dentro de su traje hermético como si fuese un robot puesto en posición de descanso.
-¿Dónde estaba usted? -preguntó Mathias.
Gámez comenzó a quitarse el uniforme lentamente. Al quedar su rostro al descubierto dijo con seriedad:
-Estuve unos minutos observándolos. Hasta que uno comenzó a reducirse y terminó por desaparecer de mi vista; luego le siguieron dos, tres, y finalmente todos. Se disolvieron.
Mathias observó con calma a los demás.
-En mi opinión -dijo-, estamos en un planeta que repele toda forma de energía solar, de vida. Aquí no llegan los rayos de ningún sol porque son devueltos a su origen antes de alcanzar el planeta. Este planeta es el antiplaneta.
Stefany volvió a la cabina, y cuando regresó informó que quedaban seis unidades de energía.
-Es preciso tomar una decisión -dijo-. Propongo retirarnos.
-¿Sin haber hecho nada? -preguntó Ling.
-Justamente -dijo el capitán-; si nos demoramos un poco va a ser imposible en absoluto abandonar esta trampa y aquí nos disolveremos. Quiero la opinión de cada uno.
Lukas dijo que debían comunicar y pedir instrucciones.
-Vaya, Kirkwood -dijo Stefany-, pero dudo que si los rayos solares no pueden alcanzar al planeta, puedan hacerlo los de transmisión. Su opinión, Gámez...
-Si permanecemos no habremos resuelto nada.
-Nadie es útil después de muerto -advirtió Ali Khad.
-Entonces -resumió Stefany-, nos vamos. Prepárense para el despegue. Tomen sus asientos de seguridad.
Kirkwood regresó informando que el reloj indicaba ahora que había sólo cuatro unidades. Stefany se despidió de los demás, lo que dio una idea de que aquél podía ser el último viaje.
Mientras los sabios esperaban con silencio humillante a que la nave dijera la palabra final, ésta se sacudió de un lado a otro sin que los motores hubiesen intervenido, osciló brevemente, y como despedida por la patada de un gigante, saltó dentro del espacio igual que un meteorito. Los científicos se dieron cuenta de que habían dejado el planeta cuando Stefany apareció ante ellos.
-Nos arrojó como una piedra y ahora estamos navegando por nuestros medios...
Tardaron el doble de tiempo en llegar a RM-25, la estación interplanetaria más próxima, y estuvieron por largo rato buscando la entrada del dique de naves espaciales. La estación parecía enormemente grande.
-Nunca había estado aquí -explicó Stefany-; es una de las mayores del cosmos. No sabía que hubiera tales estaciones con diques tan enormes. Será difícil entrar.
Y lo fue, porque la nave tuvo que afirmarse con grampas y cadenas de presión al costado de un dique inmenso, como un barquichuelo a un muelle. Utilizando la escala portátil comenzaron a salir uno por uno.
Stefany, que iba al frente, descubrió, en vez de los sirvientes mecánicos acostumbrados, a los hombres de la Tierra que operaban la base acercándose desde lejos al astrobuque, cosa que indicaba alguna curiosidad. Cuando se les fue aproximando más notó que eran de gigantesca estatura. Volvió la vista hacia los compañeros y vio la silueta de su nave proyectada contra otra nave terrícola gemela, pero mucho más grande, como no había soñado siquiera con ver una en el espacio.

Y comprendió que, irremediablemente, habían dejado la mitad de su vida y de su cuerpo en Monotonía.
Ángel Arango


martes, 3 de septiembre de 2013

Los juegos del hambre vol.1

Es la hora. Ya no hay vuelta atrás. Los juegos van a comenzar. Los tributos deben salir a la Arena y luchar por sobrevivir. 
Ganar significa Fama y riqueza, perder significa la muerte segura... 
¡Que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!
Un pasado de guerras ha dejado los 12 distritos que dividen Panem bajo el poder tiránico del “Capitolio”. Sin libertad y en la pobreza, nadie puede salir de los límites de su distrito. Sólo una chica de 16 años, Katniss Everdeen, osa desafiar las normas para conseguir comida. Sus principios se pondrán a prueba con “Los juegos del hambre”, espectáculo televisado que el Capitolio organiza para humillar a la población. Cada año, 2 representantes de cada distrito serán obligados a subsistir en un medio hostil y luchar a muerte entre ellos hasta que quede un solo superviviente. Cuando su hermana pequeña es elegida para participar, Katniss no duda en ocupar su lugar, decidida a demostrar con su actitud firme y decidida, que aún en las situaciones más desesperadas hay lugar para el amor y el respeto.



Trailer cinematográfico:

Viaje al infierno (fragmento)

El "Stellarium", a bordo del cual habían tomado plaza Antoine Lougre, Jean Gavial y Jacques Laverande, ha alcanzado el planeta Marte y los tres astronautas han comenzado la exploración del planeta. Han encontrado seres extraños, de aspecto casi humano, a pesar de sus seis ojos y la ausencia de nariz. Jean, imprudentemente adelantado, ha sido hecho prisionero. Jacques y Antoine han podido alcanzar el "Stellarium". Es Jacques quien habla.
Antoine hace la primera guardia y yo duermo algunas horas de sueño febril, poblado de las pesadillas de los condenados.
La noche duraba todavía cuando llegó mi turno de hacer guardia. Hasta el alba estuve describiendo círculos alrededor del cerro. Mi alma estaba triste hasta la muerte: aunque Jean no hubiese sido amigo muy querido, en aquel mundo extraño yo hubiera sentido como una disminución de mi persona. La travesía del abismo interestelar, el descenso hasta un astro perdido en el fondo del Universo, hacía de nosotros un solo ser.
El amanecer se convirtió de repente en pleno día... Me dediqué a espiar sin esperanza los grandes tallos de las plantas trepadoras.. De repente el corazón me dio un brinco.
¡Jean estaba allí!
Estaba allí, precisamente cerca del claro donde había desaparecido, junto a las rocas azules...
Le lancé un rayo "de llamada", al que respondió con signos rítmicos pertenecientes a nuestro vocabulario radioestonagráfico.
Me decía:
-Sano y salvo. Estoy en casa de los homólogos de nuestra humanidad. Nosotros nos comprendemos ya, aunque muy vagamente. Son dulces, muy dulces; yo creo que más que los hombres. Aunque me han capturado, no me han hecho sufrir violencias. Su asombro y su curiosidad son inmensas y desean ardientemente saber de dónde venimos: creo que llegaré a hacerles entender...
-¿Puedes alimentarte... y respirar?
-Por la respiración nada hay que temer; me han dejado mis dos respiradores. Pero tengo hambre y especialmente sed. Su agua no es adecuada para los hombres... y tampoco me atrevo a tomar de sus alimentos..., ellos han adivinado eso.
-¿Estás libre?
-No... y dudo que me suelten... hasta que se expliquen mi presencia. Envíame agua... agua ante todo.
-Bien, querido Jean. Despertaré a Antoine.
Antoine, que dormía tan mal como yo había dormido, se levantó a la primera llamada y se mostró estupefacto viendo a nuestro compañero solo en el claro...
Le expliqué rápidamente la situación, a pesar de que Jean seguía con su conversación sirviéndose de signos.
-He podido asegurarme de que su bombardeo a base de fluido no atraviesa más que los obstáculos poco espesos, a lo más cinco o seis centímetros; y todavía, después de atravesarlos, se hacen inofensivos. No amenazan la vida; únicamente atontan. A cien metros su eficacia es ya muy reducida. Tomad vuestras disposiciones en consecuencia.
-¡Bien! -dijo Antoine-. Vamos a bajar las provisiones.
Hicimos rápidamente un paquete y a doscientos metros del suelo lo dejamos descender. Su caída fue frenada por un pequeño campo gravitatorio opuesto al campo marciano.
Durante aquella caída vimos brotar de la tierra a una veintena de trípedos (seres de tres extremidades inferiores) que observaban la operación con evidente curiosidad.
-Gracias -telegrafió Jean cuando hubo tomado las provisiones-. Espero daros pronto noticias precisas.
Le vimos comer y beber sin que nadie interviniera para molestarle. Cuando cerró el paquete, cuatro trípedos salieron de la tierra para llevárselo.
-¿Qué significa eso? -gruñó Antoine-. ¿Se lo llevan definitivamente o es una tregua?
-Supongo que no le harán ningún mal mientras ellos se crean amenazados. Querrán saber lo que nosotros somos y de dónde venimos. Piensa en nuestro estado de espíritu en circunstancias análogas. Imagino que más que salvajes son retrógrados.
-Es posible, si nos fijamos en sus armas; ese bombardeo de fluido del cual habla Jean parece el índice de una civilización actual.
-¡Y qué cautivante es...!
-¡Antropocentrista! -exclamó Antoine-. Los zoomorfos deberían parecernos más apasionantes. Estos, en algunos aspectos, son equivalentes a los terrestres...
-¡Caramba! ¡Tengo la misma debilidad que tú! Jean se encuentra sano y salvo, pero cautivo, y mientras no se vea libre, ése será el episodio trágico...
-¡Habrá que liberarlo!
Antoine alzó tristemente los hombros.
-Lo mismo que los trípedos son impotentes contra el "Stellarium", nosotros lo somos con respecto a ellos, porque podríamos vencerlos con nuestros rayos, pero tienen a Jean... y disponen de su vida. No debemos contar más que con la suerte o la buena voluntad de esos ladrones.
-Confío en esa buena voluntad. Se han portado bien con Jean.
-Puede ser una treta. Pienso en la massacre de Cok. Y mientras tanto, pasamos largas horas mirando hacia el cerro.
Hacia la mitad del día, Jean reapareció en el claro y estenotelegrafió:
-Creo positivamente que sus costumbres son más tranquilas que las nuestras y no quieren hacernos daño. Un lenguaje de signos se establece lentamente entre nosotros... puedo hacerles entender que venimos de otro mundo. No hay ninguna duda sobre su inteligencia, que debe equivaler a la humana. Desde ayer están llegando visitantes de otras regiones...
-¿Crees que es una sociedad creciente o decreciente?
-Decreciente, no hay que dudarlo. Como los hombres, pertenecen a una animalidad cuya vida depende de un líquido... y su líquido, o sea, su agua, es rara y puede ser que no sea la misma de antaño.
-¿Podemos esperar tu liberación?
-Apostaría que sí...
Uno a uno, varios trípedos brotaron del suelo. Observaron con atención el cambio de señales entre su prisionero y los navegantes del "Stellarium".
-Decididamente, son muy guapos -dijo Antoine.
-Más que nosotros -suspiré yo.
Tranquilamente, podíamos observar su aspecto y sus gestos. Se movían con una marcha en tres tiempos, a causa de su trío de piernas; ofrecían muchas similitudes y también grandes diferencias con los terrestres. La extremidad de cada uno de sus miembros superiores era dígita, pero no formaba precisamente una mano. Las extremidades que reemplazaban a nuestros dedos salían de una especie de concha y había nueve para cada brazo. Notamos que se podían mover en todos los sentidos y obtenían así a voluntad las disposiciones más variadas.
Sus vestidos estaban formados por una especie de vegetación musgosa que se adaptaba exactamente al cuerpo.
Uno de ellos, que estaba cerca de Jean, observaba con intensa atención los gestos de nuestro amigo y los nuestros.
-Es un personaje importante -nos dijo Jean-. Y tiene una influencia cierta sobre los demás. Es con él con quien yo estoy esbozando un sistema de señales, aunque serán precisos unos días más para hablar de cosas elementales.
-¿Tienes todavía víveres y agua?
-Justo hasta mañana.
En ese momento el individuo influyente trazó diversos signos.
"Creo comprender -dijo Jean - que intenta tranquilizarnos respecto al porvenir. En el fondo, siento más melancolía que inquietud".
Pasó una semana durante la cual nos comunicábamos diariamente con Jean. Más de una vez pensamos en desembarcar en el claro, pero el cautivo nos pedía que esperásemos todavía, ya que nuestra presencia continua era inútil. Por tanto, hicimos largas excursiones. Vimos tres zonas de lagos y canales habitadas por los trípedos, que en su conjunto apenas alcanzaban la extensión del Mediterráneo.
Los lagos se extendían poco más allá de las regiones tropicales. Sin embargo, no encontramos latitudes que sobre hubieran gozado de un clima templado. En los círculos polares había nieve.
En todo el planeta los trípedos no pasarían de siete u ocho millones. La mayor parte de ellos vivían bajo tierra y los demás en viviendas de piedra cuyo estilo recordaba confusamente el románico.
Aquellas viviendas formaban siempre parte de una aglomeración importante. Se hubiera dicho que eran ciudades únicamente compuestas de pequeñas y grandes iglesias romanas, la mayor parte de ellas en ruinas, lo que no dejaba lugar a dudas sobre la decadencia de los trípedos. Aquéllas debieron estar en tiempos tan pobladas como París y Londres bajo Luis XIV y Cromwell.
Se podía presentir que la industria de los trípedos estaba en plena decadencia. Algunas de sus herramientas recordaban a las terrestres; también construían máquinas destinadas a la cultura y el transporte: éstas no circulaban sobre ruedas; parecían deslizarse bastante rápidamente por el suelo. Indudablemente, en otros tiempos, los trípedos tuvieron aparatos volantes y se comunicaban a distancia con ayuda de instrumentos cuyo mecanismo no entendíamos. Era evidente que utilizaban las ondas...
Nuestra presencia no tardó en ser conocida; se nos observaba con instrumentos parecidos a nuestos anteojos. A nuestro paso, se formaban grupos en las ciudades; surgían de la tierra y la agitación y curiosidad eran muy vivas.
En suma, los trípedos denunciaban los vestigios de una civilización que en tiempos debió ser comparable a la de nuestro siglo XIX. Conjeturamos que tras el abandono sucesivo de muchas industrias, su ciencia había ido decreciendo de ciclo en ciclo.
En cuanto a sus animales, muy pocos alcanzaban la talla de nuestros elefantes, jirafas y grandes búfalos.
El dominio de los trípedos y de su reinado no se extendía más que sobre una zona bastante restringida del planeta, un adécima parte todo lo más; la que se encontraba a medio camino entre el Ecuador y los polos. La superficie ocupada por los zoomorfos era mucho más extensa y se remontaba más lejos hacia el norte o hacia el sur.
Pero el retraimiento de los trípedos, ¿era debido a una lucha entre los reinos, a la imposibilidad de vivir en ciertas regiones o a una decadencia espontánea? Nosotros probamos a respondernos a tales preguntas. De todas formas, la presencia de los zoomorfos excluía la de los trípedos.
Nos parecía evidente que el reinado de los zoomorfos era mucho menos antiguo que el otro reinado.
-Es para ellos el porvenir - decía Antoine un día que habíamos recorrido diversas zonas-. Ellos poseerán el planeta.
-¡Ya poseen casi las tres cuartas partes! Pero... ¿y los eteraus, esas células vivientes?
-Esos otros seres, amigo mío, nos sobrepasan en número.
-Es posible. Parecen más sutiles, sin duda, menos expuestos a las contingencias brutales, pero puede ser que sean menos inteligentes, después de todo...
-Quizá. La ausencia misma de su organización no me parece de una naturaleza muy alta.
-¿Lo crees así? Cabe dudar... Los electrones libres tienen movimientos más rápidos y amplios que una célula viviente..., sin embargo, les creo inferiores a una célula.
-¡Mala comparación! Se trata de una organización completa de radiaciones..., de células radiantes, osaría decir. De todas formas, no tenemos base suficiente para establecerlo.
El undécimo día vimos aparecer a Jean, solo, en el centro del claro. Ningún trípedo se mostraba a la vista. Nuestro amigo levantó hacia el "Stellarium" su cara sonriente, y afirmó:
-Estoy libre.
El corazón me latía furiosamente. Jean prosiguió.
-Como veis, ellos se mantienen a distancia. He podido convencerme de que temían nuestras malas intenciones, viéndose impotentes contra nuestro refugio. Sus armas son insuficientes y sus instrumentos no son capaces de atravesar las paredes de la nave. No disponen de ningún tipo de explosivo potente. Además, tampoco quieren hacernos daño. Me lo han repetido con insistencia...
Mientras él radiotelegrafiaba, el "Stellarium" descendió hacia el claro. Por fin Jean estuvo cerca de nosotros.
La inmensa tristeza cesó de apesadumbrarnos. La esperanza hizo sonar los clarines. Durante largos minutos charlamos con los propósitos incoherentes de la alegría. Después, Antoine preguntó:
-¿Crees de verdad que son inofensivos?
-Por naturaleza son pacíficos, más que los humanos..., es una clase de dulzura en la que hay mucha resignación.
-¿Por qué resignación?
-Saben que están en decadencia. Lo saben de una manera innata y también por tradición... Nuestra presencia les inspira una intensa curiosidad y también, he podido comprenderlo, confusas esperanzas.
El "Stellarium" seguía inmóvil a ras del claro. Poco a poco iban llegando trípedos, aunque se mantenían a distancia. Uno solo se aproximó más y agitó su brazo de modo rítmico.
-Nos da la bienvenida -dijo Jean, respondiendo a los gestos del trípedo.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Antoine.
-Dadme una taza de café -dijo nuestro amigo-. La ausencia de café ha sido una terrible privación.
Hice hervir rápidamente agua, mientras que Jean añadía:
-Si vosotros queréis, podía volver todos los días durante dos o tres horas con ellos y perfeccionaríamos nuestras señales. Vosotros podíais continuar las exploraciones. Habéis debido hacer descubrimientos apasionantes.
-Hemos visto ciudades de los trípedos y nos extraña que unos se alojen en la superficie y otros bajo tierra.
-Yo creo que hay dos evoluciones diferentes. Sin combatirles ni odiarles, los subterráneos no frecuentan a los otros. Tienen verdaderas ciudades..., o cuevas.
-Las ciudades de la superficie están especialmente compuestas de ruinas. Podrían alojarse en algunas, trescientos o cuatrocientos mil trípedos y, sin embargo, no las habitan más que diez mil o menos.
-Entonces, las ciudades subterráneas integralmente habitadas son más recientes. La de mis amigos no debe tener dos mil habitantes; he podido recorrerla en todos sentidos.. ¡Ah, el café!
Jean sorbía ávidamente la bebida.
-Nosotros hemos sobrepasado muchas cosas ancestrales, pero no hemos podido añadir nada a esto -exclamó, acabando su café-. De todo lo que hemos traído, nada me recuerda más tiernamente la tierra.
-¿Crees, en rigor, que podemos prolongar nuestra estancia?-pregunté.
-Desde el punto de vista energético encontraremos aquí todo lo que nos hace falta..., y hasta nos será fácil reaprovisionarnos de oxígeno... Queda el alimento; el de los trípedos no nos conviene.
-Nos hacen falta alimentos nitrogenados, porque los hidrocarburos...
-Nosotros nos encargaremos de ellos.
-Hay alimentos nitrogenados-siguió Jean-, pero contienen sustancias cuya eliminación nos daría trabajo. Por ejemplo, pescado.
El retorno de Jean trajo la alegría a los recuerdos. Los sueños de antaño subían del abismo, del fondo de los espacios inconmensurables, donde flotaba el Planeta natal.
Cada día nos volvíamos hacia él, que pronto se convertiría en una resplandeciente estrella. ¿La volveríamos a ver nosotros, pobres átomos vencedores del éter, humildes navegantes del océano imponderable?
En todo caso, la nostalgia no extinguiría esta pasión nuestra de conocer otros mundos.
"Vendrá un tiempo en que escuadras de "Stellariums" irán de planeta en planeta... Los hombres no son más que animalitos... ¡Pero qué animalitos!".
Cada día, Jean se dirigía a la ciudad de los trípedos y con ellos permanecía durante tres o cuatro horas. Después, participaba con nosotros en las exploraciones. Antoine y yo estábamos impacientes por imitar a Jean, pero convenía esperar a que el código de signos fuese menos primitivo.
Nosotros nos ejercitábamos con Jean, que cada día traía alguna "palabra" nueva. En aquel trabajo de acoplamiento cerebral los trípedos se mostraban superiores a los hombres, dotados de una mayor agilidad abstracta.
A la vuelta de una de sus ausencias, Jean señaló:
-Poseemos ya doscientos términos de lenguaje. Cuando tengamos seiscientos o setecientos podremos expresarnos bastante bien.., no hay sino recordar que los autores clásicos no utilizaban más de doce a quince mil palabras.
A medida que Jean y sus amigos trípedos perfeccionaban su "diccionario", nosotros recibíamos noticias del presente y el pasado de Marte, lo que confirmaba nuestras conclusiones.
El recuerdo de una potencia y un saber superiores persistían entre los subterráneos; antaño los trípedos habían practicado una industria ingeniosa y diversa compuesta por potentes fábricas, innumerables vehículos de transporte terrestres y aéreos; sabían utilizar sutiles energías, ya que, incluso en la actualidad, se comunicaban a distancia y tenían armas irradiantes para el ataque y la defensa.
Supimos también que desde hacía milenios, ninguna guerra había estallado entre los trípedos. La incompatibilidad de razas no se traducía en ningún acto brutal y menos aún, por encuentros homicidas.
-Sin embargo-dijo Jean-, ellos destruyen ciertos animales y yo he creído comprender que a menudo estaban en guerra con el otro Reino... Hasta el presente la explicación me parece confusa. No creo que se trate de los eteraus.
-Seguramente no. Quizá se trate de los zoomorfos, los cuales no cesan de ganar terreno.
-¿Es que los dos reinos no pueden coexistir?
Esta pregunta nos apasionaba y Jean prometió hacer todo lo posible para obtener detalles.
Los trajo tres días más tarde.
-Ya lo he comprendido, muchachos. Dos reinos no pueden vivir sobre el mismo territorio, por lo menos durante algún tiempo. Además de los conflictos con los zoomorfos superiores, conflictos asesinos para los dos reinos, poco a poco el suelo se hace incapaz de producir vegetación..., está como intoxicado. Los animales perecen; la vida se hace insostenible para los trípedos y de ahí que les sea esencial hostilizar a los otros en sus menores incursiones. Refugiados en sus galerías subterráneas, nuestros amigos están al abrigo de sus adversarios. Si hay fisuras, las emanaciones de los zoomorfos son neutralizadas y absorbidas. Los trípedos organizan ataques que, sin matar, hacen difíciles las estancias de los zoomorfos. Por desgracia, la debilidad numérica de los trípedos se acrecienta con el tiempo y fatalmente hay territorios abandonados y mal defendidos.
También supimos por Jean que en aquel momento la lucha era viva en una región meridional, no sabía exactamente a qué distancia de aquí. Los zoomorfos, muy numerosos, ganaban poco a poco terreno. Jean suponía que los trípedos esperaban nuestra intervención.
-Nosotros no podemos hacer casi nada-dijo Antoine.
-Pero si Marte nos proporciona la energía bruta necesaria..., y creo que puede proporcionárnosla sin gran trabajo...
-En todo caso se pueden estudiar los medios.
La primera entrevista fue sorprendente.
Tuvo lugar cerca del "Stellarium", bajo el parasol de un enorme vegetal... Vinieron cinco trípedos, cuyos ojos múltiples nos observaban extrañamente a Antoine y a mí...
Todo en ellos era inaudito y ninguna imagen de la tierra se adaptaba exactamente a su estructura y, sin embargo, mil analogías saltaban a la vista. Desde el primer momento nació entre nosotros una gran simpatia. Las miradas concentraban toda la expresión.
Ninguno de sus seis ojos tenía el mismo matiz y cada uno variaba indefinidamente. Tal diversidad hacía pensar en una vida ágil.
Tanta era su expresividad que, pronto, la mirada viva de Jean me pareció de una insignificancia lastimosa.
En nuestra soledad, los signos que Jean nos había enseñado se habían grabado con fuerza en nuestra memoria y nos servimos de ellos casi familiarmente. Además, la comprensión de nuestros interlocutores era rápida y precisa; su intuición llenaba fácilmente las lagunas.
"Yo sé ya -dijo el que parecía personaje dominante-, que venís del astro vecino... vosotros sois seres superiores y superiores a nuestros antepasados".
Creí notar cierta melancolía en las luces multicolores de sus pupilas.
-"¿Por qué superiores?-dijo Antoine-. Somos, únicamente, diferentes."
-No... no... superiores. Nuestro mundo es más pequeño... nosotros no hemos durado bastante: hace ya tiempo que nuestra fuerza se debilita. Estamos como vencidos y sabemos que vosotros sois vencedores... debéis ser los maestros de los astros.
-Sí, nosotros dominamos a los demás seres vivientes.
-Y nosotros vamos para atrás. No ocupamos más que la décima parte del planeta. Los que nos echan no son mejores que nosotros, pero pueden vivir sin líquidos.
Dudé antes de decir:
-¿Amáis la vida?
Tuve que repetir la pregunta de tres maneras.
-La amamos mucho y no seríamos desgraciados sin los otros. Nuestros padres saben, desde hace tiempo, que nuestra raza debe desaparecer. Eso nos entristece y sólo desearíamos desaparecer sin violencia.
Había conseguido hacerse comprender después de varias tentativas.
-Todos los vivientes tienen su fin del mundo. Por lo que respecta a nosotros, ya que disminuimos de siglo en siglo, todo lo que deseamos es que los otros nos dejen tranquilos. ¿Podríais ayudarnos vosotros?
¡Extraña petición! Yo me iba adaptando ya a aquellas caras planas, a aquella piel tan escasamente comparable a la nuestra y a aquellos extraños remos que reemplazaban a nuestras manos. Sentía que acabaría por parecerme normal todo.
Más que por su estructura, estaba impresionado por la idea de su eterno silencio. No solamente su lenguaje era visual, sino que resultaban incapaces de emitir ningún sonido comparable a los sonidos articulados, incluso por la más oscura de las bestias terrestres.
-¿Es que no oyen nada?-preguntó Antoine.
-He hecho esa pregunta, sin resultado- respondió Jean.
Antoine probó a su vez hacerla, pero no supo hacerse comprender. La noción de la palabra articulada y sin duda toda noción auditiva, les eran extrañas.
-En revancha -dijo Jean-, perciben por el tacto y las vibraciones del suelo, de las cuales nosotros no percibimos nada... De forma que la aproximación de un ser la sienten con precisión que los hombres no podemos alcanzar.
-¿El tacto podría, hasta cierto punto, señalarse las ondas aéreas?
-Sí y no; si esas ondas son muy fuertes las perciben por el estremecimiento del suelo y los objetos.
Mientras sosteníamos aquella charla, habían llegado nuevos trípedos.
-Esta vez hay dos mujeres- dijo Jean.
No tuvo necesidad de designarlas. De estatura un poco mayor que los hombres (si así podía llamárseles) eran todavía más diferentes de nosotros que ellos. No puedo intentar pintar su gracia y seducción. Aunque agotase todas las metáforas de los poetas, aun cuando hiciese hablar a las flores, a los bosques, a las estrellas, a las mañanas de primavera, no expresaría nada.
Ningún recuerdo de belleza humana ni de belleza animal. En vano mi imaginación buscaba las señales de la evocación y los prestigios del recuerdo. Sin embargo, el encanto era seguro. Cada minuto lo confirmaba. ¿Había que admitir que la belleza no era simplemente adaptación de un fragmento de la realidad universal a nuestra realidad humana?
Siempre había imaginado que el rostro humano con el promontorio de la nariz, con los ridículos apéndices de las orejas, con aquella boca en forma de horno, en suma repugnante por su función brutal, no era en sí preferible a la cabeza del jabalí, de la boa y a la boca del sollo, que sacaba toda su seducción de un instinto semejante al que guía a los hipopótamos, a los buitres o a los sapos. La parte de realidad estética me parecía así subordinada a nuestras estructuras.
Las jóvenes marcianas desmentían aquella teoría. La más graciosa mostraba, con evidencia enérgica, la posibilidad de belleza perfectamente perceptible para nosotros y, sin embargo, completamente extraña a nuestra evolución.
La conversación continuaba y tomaba un giro positivo. Los trípedos preguntaban si podríamos ayudarles a combatir la invasión de una parte de su territorio. No luchaban fácilmente más que contra los zoomorfos de pequeña y mediana talla; para los colosos les hacía falta converger las ondas de un gran número de radiantes, pero entonces ellos debían mantenerse a distancia, a menos de sacrificar un número considerable de combatientes.
En total, los trípedos disponían de muy débiles energías.
-¿Vuestros antepasados estaban mejor armados? -pregunté yo.
-Nuestros antepasados sí. Pero en aquel tiempo, los enemigos de nuestro reinado eran de pequeña talla y no ocupaban más que rincones estériles. Nadie adivinó el papel futuro de aquellos seres... Cuando el peligro se hizo evidente, ya era demasiado tarde; no poseíamos más que medios que no eran lo suficientemente poderosos para destruir a los grandes enemigos. Todo nuestro esfuerzo se limita a obstaculizar su avance.
De la respuesta de los trípedos formé mi opinión.
-¿Están organizados vuestros enemigos? -dijo Antoine.
-No, exactamente. No tenemos un entendimiento directo, nada que se parezca a un lenguaje y nosotros ignoramos si conviene hablar de inteligencia. Actúan por un instinto incomprensible para nosotros.Cuando la invasión de un territorio ha comenzado, los enemigos se acumulan, después las organizaciones inferiores crecen... y en cuanto están un poco por todas partes, el suelo queda envenenado y nuestras plantas no pueden vivir.
-Las invasiones, ¿son rápidas?
-Bastante rápidas desde el momento de comenzar. Y más frecuentes de período en período. Hace cientos de siglos la invasión era tan lenta que resultaba casi imperceptible y se limitaba a regiones desiertas, pero ya nuestro poderío comenzaba a decrecer. Ahora perdemos a menudo territorios fértiles y la invasión que está comenzando en el sur nos costará cara si triunfa.
-Tenemos que consultar- respondió Jean.
Mis amigos y yo nos miramos.
-Sabemos que podríamos intervenir- dijo Antoine-, pero al precio de un gasto considerable de energía. Nuestros medios no nos lo permiten. Hay que saber si Marte puede proporcionarnos nuevos recursos..., la radiación solar es aquí muy débil para que nuestros transformadores se puedan cargar. El suplemento de carga tendría que proporcionárnoslo la materia marciana.
-Creo que el planeta podrá proporcionárnosla-afirmó Jean.
-¡Trabajemos!
Los trípedos espiaban ávidamente nuestra misteriosa conversación. Sabían ya que las señales emanaban de nuestra boca y trataban de darse cuenta del movimiento de nuestros labios.
Jean se volvió hacia ellos y "señaló":
-Atacaremos a vuestros enemigos si encontramos la energía necesaria.
Después de algunas repeticiones consiguió hacerse comprender. Ya que los tripedos empleaban en la carga de sus armas una forma de energía (todavía desconocida para nosotros), acabaron por concebir lo que Jean quería decir.
-Nosotros os ayudaremos-hizo saber el trípedo influyente-. Pero, ¿cómo sabremos que vuestra intervención será útil?
-Porque nosotros hemos encontrado ya a vuestros enemigos y los hemos puesto en fuga.
Al comprender nuestras palabras, hubo una viva agitación entre los trípedos. Sus múltiples ojos iluminaban literalmente sus caras.
Más impaciente que ellos, una de las "mujeres", la más graciosa, preguntó:
-¿Habéis visto a los más grandes entre ellos?
-Sí; son tan largos como la distancia que me separa de aquella roca.
La alegría de los trípedos, a pesar de ser tan distinta en sus manifestaciones a nuestras alegrías humanas, era evidente. Los ojos, especialmente, la revelaban con sus variaciones continuas y la emoción de la joven curiosa era singularmente seductora.
Nuestros preparativos duraron más tiempo del que habíamos previsto, pero por fin llegaron a su término. Asegurado nuestro aprovisionamiento de energía y de alimento, estuvimos listos para combatir contra los zoomorfos.
Hacia los dos tercios del verano, el "Stellarium" aterrizó a tres kilómetros de la region invadida. Había una llanura seguida de colinas mediocres, dos lagos y algunos canales que hacían su posesión particularmente valiosa para los trípedos.
A la usanza de nuestros amigos, habíamos construido una docena de potentes radiadores. El "Stellarium" llevaba otros cinco. El territorio no estaba del todo ocupado, pero varios centenares de zoomorfos habían hecho huir a los animales.
La invasión se paraba ante una larga incisión del suelo que antaño había sido el lecho de un río. Los zoomorfos de toda talla no se quedaban allí más que unos días y los que se marchaban eran reemplazados por nuevos recién llegados.
Ningún orden presidía sus movimientos en sus evoluciones, que se hacían caóticas.
-Yo esperaba descubrir una manera de avanzar- dijo Antoine-, al menos, como en una colmena o en un hormiguero. Sin embargo, el instinto de invasión parece muy neto, muy definido, a través del seco lecho del río.
Sabíamos ya por los trípedos que sus evoluciones siempre se producían así. Cada irrupción de los zoomorfos tenía sus límites y nunca una nueva invasión tenía lugar mientras que el terreno invadido no estaba enteramente adaptado a la vida de sus conquistadores. Existía allí un misterio de "unanimidad incoherente", como se produce a veces en el desarrollo de las familias y de los géneros de la fauna terrestre.
-Renunciemos a comprenderlos- dijo Jean.
-¡Y preparémonos a actuar! Esto no va a ser cómodo. Cuando hayamos cazado una centena de colosos, apenas habremos comenzado. Otros ocuparán su lugar.
-¿Quién sabe? El instinto que les guía para la invasión puede señalarles también un peligro inevitable. Actuemos con método. Barramos, para empezar, lo más económicamente posible, una primera zona.
Advertimos a nuestros aliados y dispusimos nuestros aparatos, de los cuales ellos habían comprendido el manejo. Después Jean nos dijo que con el consentimiento de los trípedos se hacía el jefe de la expedición. Nosotros le llamamos el Jefe Implícito.
-No hagáis nada hasta que os hayamos dado la señal; vamos a limpiar la orilla del "río".
El "Stellarium" se elevó a poca altura. Vimos a los colosos recorrer en todos los sentidos el territorio invadido. A distancia, los zoomorfos semejaban un inquieto enjambre.
La zona situada al nordeste se extendía sobre una longitud de una milla, con una anchura de mil a doce mil metros. Una docena de colosos evolucionaban...
Conociendo por experiencia qué radiaciones eran eficaces, les enviamos un haz que inmovilizó y después puso en fuga a un enorme zoomorfo. Fueron suficientes unos rayos para mantenerlo en buena dirección. En cuanto estuvo lejos de la zona atacamos a un segundo, después a un tercero...
Cinco fueron así sucesivamente cazados y cuando íbamos a emprenderla con el sexto vimos llegar a dos nuevos.
-Precisamente lo que temíamos- dijo Antoine-. ¿Cómo mantener una barrera de radiaciones en una zona tan amplia? ¡Supone un derroche de energía!
-Si hace falta una radiación lo bastante enérgica para hacerlos huir, puede que una corta emisión bastase para mantenerlos a distancia- sugirió Jean.
-Es todo un plan de guerra lo que esbozais...
Justamente un potente zoomorfo se aproximaba a la entrada de la zona. Le enviamos un delgado hilo de radiaciones. Pareció en un principio insensible al ataque y continuó avanzando. Pronto, sin embargo, fue frenando la marcha.
-¡Se para!
Se había detenido, en efecto, y durante largo tiempo estuvo inmóvil. Al fin fue retrocediendo.
-Veo que podemos hacer grandes economías- exclamó alegremente Jean.
De todas formas, para animar a nuestros aliados, consentimos en un gasto de energía bastante considerable, para terminar con el despeje de la zona. Cada vez que un monstruo del exterior intentaba franquear el paso, nosotros lo deteníamos.
Al cabo de tres cuartos de hora, nuestra tarea llegó a su fin: la zona no contenía más que zoomorfos inútiles. Los trípedos podían darles caza por sus propios medios.
Nuestro éxito entusiasmó a los aliados, que desde entonces siguieron nuestros consejos como si fueran órdenes sagradas.
-La experiencia- nos dijo entonces Jean- ha sido decisiva. Con el tiempo economizaremos energía; pero yo veo algo más importante que tal economía; que bastarán acumuladores de débil rendimiento para mantener a los zoomorfos a distancia. Los trípedos aprenderán fácilmente a construir tales aparatos y su energía actual, más la que tienen de reserva, unida a la solar será suficiente para que sus fronteras sean inexpugnables.
Mientras que Antoine vigilaba la zona, fuimos Jean y yo a encontrar a los trípedos; nos acogieron en medio de un frenesí de entusiasmo. Millares de ojos centelleaban dando a los rostros brillo y un colorido fantástico. Las "mujeres", sobre todo, aparecían transportadas. Eran como flores movientes, donde las pupilas lucían como prodigiosas luciérnagas.
La joven graciosa me repetía:
-¿Qué somos nosotros delante de vosotros? ¡Pobres criaturas impotentes! ¡Qué bella debe ser la vida en la Tierra y qué dicha ser vuestra humilde amiga!
-Mi querida amiga, no hay criaturas tan seductores como vosotras en nuestro planeta. ¡Ah! Sin duda ignoráis el encanto de nuestros ríos, la dulzura de nuestras praderas, de nuestras colinas llenas de bosques, la fiebre excitante de nuestros océanos, los crepúsculos que mueren tan dulcemente en el fondo del cielo, el encanto de las flores; pero esta belleza no alcanza a vuestra luminosa perfección...
-Los ríos... aguas que corren... olas que se elevan y caen... tal como las has pintado, eso debe ser divino. Siento en mí renacer recuerdos que no son de mí misma, que vienen del fondo de nuestras edades, del tiempo en que Marte también conocía a las Aguas Vivas.
Conseguimos hacernos entender con los trípedos para el ataque general. Se haría gradualmente, partiendo de un ángulo del territorio invadido, ángulo en el cual se encontraba enclavada la zona reconquistada.
Tal disposición nos había parecido preferible a una acción demasiado extendida desde el comienzo. Ello nos hacía familiarizarnos y familiarizar a los trípedos con el manejo económico de los aparatos, que no dejaban fisuras por donde los zoomorfos hubieran podido infiltrarse de improviso, lo que hubiese puesto en grave peligro a nuestros aliados y a nosotros mismos...
El ataque comenzó hacia los dos tercios del día con un gasto moderado de energía. Al cabo de algunas horas habíamos rechazado a los invasores a una distancia de tres kilómetros.
Quedaba un número considerable de pequeños zoomorfos. El echarlos hubiera supuesto un gasto de tiempo y hubo que renunciar a ello. Llegó la noche. Establecimos en abanico una barrera de rayos, suficiente para mantener a los invasores a distancia.
-Será imposible- hizo notar Jean- mantener una barrera cuando hayamos barrido un territorio cinco o seis veces más extenso. El número de nuestros aparatos es insuficiente.
-Entonces, pensemos en fabricar acumuladores reducidos.
Eso era relativamente fácil, ahora que nosotros habíamos desarrollado nuestra herramienta, tanto más que los aparatos de barrera, además de sus pequeñas dimensiones, no exigían la misma precisión que los demás...
Comunicamos nuestro proyecto al trípedo más influyente, que comprendió su importancia.
Una multitud luminosa se apretaba alrededor de grandes fuegos dispersos por la llanura. El campo de los trípedos nos recordaba el tiempo en que los combatientes vivaqueaban la víspera del combate, de esto hace ya muchos años...


Autor: J.H. Rosny Aine