miércoles, 4 de septiembre de 2013

Imprimátur

Comenzó a llover. Corrió a esconderse en un portal.
—Suerte de vivir en esta ciudad...
Llegó un transeúnte y encendió un cigarro. Arrojó el fósforo cerca de él.
Saltó a un lado.
—Psss, oye...
El tipo miró.
—¿Qué pasa?
—Soy de papel, ¿ves?
El otro se quedó perplejo.
—Oh, mucho gusto. Perdona.
Y le dio la mano.
—No aprietes.
Llegó el inventor.
—¿Qué haces?
—Ya ves, conozco a la gente. El señor es amigo mío.
—¡Qué hay!
—¡Hola!
—¿Ha sido correcto?
—Sí . Es maravilloso. No había reparado en él.
—Lo hice en veinte días.
—Parece real.
—Lo es. Un ser ideal, único, con la historia del mundo en sus espaldas.
Y señaló a aquel cuerpo cubierto de hojas de periódico, revistas, libros, facturas, volantes, cartas, tarjetas postales, panfletos y láminas.
—Sin músculos y sin nervios.
—Solo entre el vidrio y el metal —dijo el ser—. Ellos tienen sus alambres y yo tengo mis líneas de galera.
—Está por el progreso de la Humanidad —dijo el inventor.
—Por la unión de los continentes en una sola masa sólida —dijo el ser.
—Por la paz.
—Por el asalto a la Luna y su transformación en automóvil cósmico —insistió el ser.
—¿Qué hace? —preguntó el transeúnte—. ¿Cómo vive?
—Me leo. Estoy lleno de noticias, cubierto de fotos, cargo a mis espaldas los sucesos del mundo. Soy la unidad...
—Interesante —comentó el extraño—. Cuéntame algo.
El ser adelantó uno de sus brazos con la siguiente leyenda en la página de una revista:
"Interpolación de los cuerpos"
—Mire ahí...
El transeúnte comenzó a leer en voz baja:
"Una esfera, dice el profesor Redondo, es el punto de una dimensión mayor, el comienzo de una línea en otra dimensión mayor. Un esfera está llena por dentro de inquietud. Es una forma con un contenido que no reposa. El átomo no pudiera concebirse dentro de un cubo. Ni el sistema solar. Por eso decimos que es posible la interpolación de los cuerpos viajando a través de la materia conocida, que no es compacta..."
—¿Qué le parece?
—No sé. No entiendo nada.
—Es aburrido. Pero vea éste.
Apuntó hacia su estómago:
"Un grupo de perros ha cruzado a nado el canal de la Mancha. Al llegar a la orilla cayeron rendidos. Unos gatos que merodeaban por la playa acudieron a entregarles una copa. ¡Bienvenidos a la tierra del queso! Los perros saludaron respetuosamente con las espaldas llenas de arena e hicieron ademán de quitarse el sombrero...
—Inútil—dijo uno de los gatos—.Está prohibido."
—Y éste, ¿para qué sirve?
—No sé —respondió el ser—. Para despertar la imaginación.
—Se lo compro —dijo el transeúnte al inventor.
—No, no puedo. Es mi orgullo. No le puedo vender mi orgullo.
—¿Cuánto quiere? ¿Qué quiere?
—Nada. No está en venta. No insista.
—¿No puede hacer otro?
—No quedaría igual. Éste es una suerte inmensa.
—¿Y la fórmula?
—No hay fórmula.
—Bueno, el plan. ¿No fue anotando sus pasos? Puede construir otro, ¿no?
—Pero no sería igual.
—¿Hablaría?
—No, no sé. Creo que no. Creo que ya no puedo hacer más que éste.
—Mire, déjese de boberías. Una vez hecho uno no debe ser difícil.
—¿Difícil? ¿Había visto uno antes?

Ángel Arango

La ilusion


Ana vivía en un mundo oscuro, en el que dominaba la maldad, las guerras eran muy comunes y el robo era una costumbre. Un mundo en el que nada se entendía. El hombre lo había destrozado, hasta que nació Ana. Ella era una pequeña muy especial podía ver lo que iba a ocurrir si el hombre seguía destruyendo el mundo.
Ana nació un 2 de Abril de 2350 donde el mundo era pura tecnología y en el vivía la avaricia, el hombre hacia todo por dinero.
Un día ella tuvo un presentimiento de que algo malo iba a pasar, dos continentes iban a pelear por poder, y uno de ellos desaparecería. Ana corrió a decirle a su madre, pero ella no le creyó, pensando que era parte de su imaginación. A Ana no le importo lo que su madre creyera y fue a la fábrica de un conocido diario llamado "El Mundo", pero ellos tampoco le creyeron. Ella desilusionada por lo ignorante que era la gente, decidió no contarle nada a nadie.
Al día siguiente, salió una noticia en un noticiero diciendo que el continente americano y el asiático habrían entrado en guerra para ver quién era la mayor potencia mundial. Ana tan sorprendida por lo que ocurría, le dijo a su madre que debía hablar con el presidente continental americano, para que reflexionara y decidiera parar la guerra. Pero su madre seguía desconfiando de ella. Ana no pudo hacer nada y el mundo como ella lo había precedido se estaba destruyendo, poco a poco, la gente iba enfermando hasta morir o se suicidaban por miedo por lo que iba a ocurrir.
Ana le pregunto a su madre: ¿Todavía seguís desconfiando de mí? Y su madre le responde: Yo tenía miedo por lo que te podía pasar a vos. Ella le responde: Yo no tenía miedo, por qué creí que el mundo se podía salvar de alguna manera, yo nunca perdí la Ilusión.

Rocio Gonzalez Adel

Hambre

Bajo corriendo las escaleras. Evito a la gente, la rodeo, tan torpes, tan estorbosos. Consulto con ansia el reloj del andén. Es muy tarde y los pobrecitos allá solos. Con tanta hambre. Entro al vagón. Qué pudo entretenerme así. No pensar en mis queridos aguardándome en casa. Atisbando la ventana o el quicio de la puerta. Peleando entre ellos para tolerar la espera, y el hambre. Culpa del trabajo. A veces me toma tanto tiempo, cada vez más esfuerzo. La misma labor monótona. Por ejemplo hoy. ¿Qué hice hoy? Procuro recordar. Imposible. Seguramente hubo cartas, memorándums, correos. Lo mismo que ayer y anteayer. ¿Cómo es que no recuerdo un solo detalle? Debe ser el ron. Me gusta el ron y a ellos les divierte que lo beba. A mí las borracheras no me embotan, por el contrario, dan alas a mi lengua y puedo estar durante horas contando esas historias que ellos disfrutan. Viéndolos palmotear y agitarse de gusto comprendo que bien valdrá la pena la resaca del siguiente día. Los quiero tanto. Fui encontrándomelos uno a uno, por separado y en diferente lugar. Tan asustados, tan solos como yo misma. El primero se resistió un poco, lleno de pánico. Los otros me siguieron con más facilidad, tal vez porque ya sabía cómo abordarlos, cómo ganar su confianza. Les obsequié dulces, pan, huevos revueltos y leche tibia. Pero su hambre es tan grande, tan vieja. El desamparo es un pozo sin fondo, por eso los cuido, para llenarlos un poco.
Subo la escalera del edificio y evito a la gente, la rodeo. Dos hombres lo cargan en una camilla. Uno de ellos, el más viejo, explica algo al otro, un muchacho barroso y coloradizo. El hombre habla en voz muy alta, dándose su importancia, feliz de contar con el embelesado auditorio de vecinos. Nerviosa, apenas si escucho al tipo, voy rogando porque ellos estén entretenidos y no se asusten con toda esa gente en el pasillo. Por que no se les ocurra empezar a chillar. El conserje está allí y si los oyera nos echaría del edificio, a mí junto con ellos. El chico barroso balbucea algo sobre unas ratas y el otro, muy doctoral, que no, imposible que ratas o gatos, incluso perros, a menos que los perros tengan navajas muy largas por colmillos.
La gente no se dispersa y un grupo de policías obstruye el pasillo. Las puertas de los departamentos están abiertas. Todas las puertas. El conserje sopesa el gran manojo de llaves en sus manos. El infeliz, les dejó salir. Aunque no veo el interior de mi departamento sé que está vacío. Que no están. Ignoro si el alivio de que no los hayan descubierto es lo que me marea de pronto. Un vértigo infame que parece arrastrarme al fondo de la tierra. Tal vez el recuerdo del ron. O las pastillas que siempre tomo para dormir, para no soñar, aunque desde que ellos llegaron ya nunca sueño. Los policías siguen estorbando. Algo estorba también a los de la camilla, que dejan de avanzar. ¿Dónde estarán mis chiquitos? Tendré que salir a buscarlos, por las escaleras de incendios, hasta lo más oscuro de los patios o el estacionamiento, donde estarán muertos de frío y de hambre. Malditos policías, maldito conserje. Oigo retazos de pláticas, murmullos. Que si varios días. Que si el conserje lo descubrió. Los de la camilla discuten con un hombre. Reportero, dice. Chamarra barata y cutis de alcohólico irredento, seguro de algún periódico amarillo. Pide una sola foto. Y los camilleros que no. Una mujercita del segundo o tercer piso, no sé, alza la sábana con descaro a pesar de la protesta de los de la camilla. Los ojos de todos se alargan, ávidos. Y yo quiero negarme a ver, a ser como toda esa gente amontonada, bovina. Pero miro también. Observo la sábana alzarse, sucia, blanca, roja y amarillenta. El flash dispara una, dos veces. Y ante lo que veo vuelve el vértigo, vuelven las palabras oídas en pedazos: varios días, el olor, el conserje que llamó a la policía, un frasco vacío de pastillas, una botella vacía de ron, mutilaciones extensas. Cuando los flashes se apagan comprendo que, donde ellos estén, no tienen hambre. Que ahora ya saben qué comer y aquí vive tanta gente. El vértigo se vuelve una borrachera gozosa y con un resabio de desprecio veo alejarse al par de camilleros llevando en peso mi cadáver.

Doris Camarena


Polvillo verde

El polvillo era de buena calidad, fino y seco. Excelente mercancía. De la mejor que Erico hubiese examinado. Excepto por aquel color verde fosforescente.
—¿Qué es esto? —preguntó a su proveedor.
—Químicos. Los mejores —dijo el traficante, guiñando un ojo.
Erico titubeó antes de entregar el dinero y guardar dentro del saco la bolsita transparente repleta de polvillo verde. Su proveedor de confianza jamás le había vendido nada que no fuese «lo mejor». Y él nunca se había negado a experimentar con un producto nuevo.
—No tienes que quemarla —dijo el proveedor. Erico se sintió un tanto desilusionado—. Sólo tienes que mezclarla con un poco de licor, vino, vodka, lo que quieras. Lo bebes y estarás listo para el viaje de tu vida.
Erico regresó a casa y se dispuso a drogarse de inmediato. Había estado sufriendo absurdas alucinaciones sobre ancianos de barbas blancas que lo condenaban a muerte por crímenes indecibles. Le agobiaba una inefable sensación de culpa y se visualizaba huyendo por senderos desolados, ocultándose de una intransigente justicia que le había puesto precio a su cabeza. Inmerso en esas incongruencias, sirvió con premura una copa a rebosar de vino tinto y la espolvoreó con un poco del polvillo. Se odiaba por recurrir a la droga. Solía pensar que algún día esos polvillos acabarían con su vida. Pero era la manera más eficiente de perder la conciencia y olvidar esas extrañas imágenes de muerte.
Minutos después seguía lúcido, esperando impaciente por el efecto. No hubo viaje. No hubo colores. No hubo psicodelia ni mujeres desnudas bailando frente a él. Nada. La botella vacía y la ausencia de dopaje eran prueba de su fracaso. Viéndose estafado, decidió apelar a su ritual personal. Su propia versión narcotizada de una misa sacra y solemne. Encendió un mechero, colocó una mínima cantidad del polvillo verde en el cuenco de una cucharilla y lo incineró hasta convertirlo en un líquido fluorescente. Inyectó la droga en su tobillo, en medio de un ramillete de marcas. Y de inmediato despegó.
El viaje fue tan real que Erico pudo percibir el calor de las estrellas mientras atravesaba el universo. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. La travesía lo condujo hacia un mundo exótico. Esta vez no se encontró desnudo corriendo a través de un campo floreado. En vez de su usual alucinación, Erico avistó un extenso desierto de color verde, bañado por un cielo tan blanco como la más pura de las cocaínas.
—Un mundo de polvillos —susurró Erico, dándole un visto bueno a su alucinación.
Deambuló por las arenas verdes, sintiéndose la versión hippie de un Jesucristo en su retiro espiritual, cuando el desierto bajo sus pies se abrió en dos. Erico solía vislumbrar seres imposibles mientras «viajaba», pero jamás había visto criaturas como aquellas. Esbeltas, enormes, escamosas, bípedas. Híbridos entre un reptil y un elegante cisne de cuello largo. Animales producidos por la más disparatada imaginación.
Palideció asombrado después de escuchar aquella voz. Provenía de uno de los animales, pero éste no movió las rígidas líneas de carne rojiza que tenía por labios. Las palabras eran confusas; un dialecto desconocido. Erico se mantuvo inmóvil, incapacitado para huir o responder, hasta que una mujer vestida con hojas y ramas entorchadas descendió del animal y se detuvo frente a él.
—Nora Emtuná —dijo la mujer, furiosa, señalando a Erico.
—Nora Emtuná —repitió otra voz desde el lomo de otro animal. Era un hombre, dos veces más alto que la mujer, dos veces más pesado que Erico. De piel aceitunada. Cabellos negros y lacios, tan largos que enmarcaban todo su cuerpo.
—No sé qué dicen. No los entiendo —dijo Erico. Después de un leve silencio, advirtió a más animales enormes brotando desde el fondo de la arena verde, y sobre ellos, a más hombres y mujeres.
Hubo una corta y airada discusión entre ellos. Erico se limitó a observar. Y fue poco lo que pudo hacer cuando lo arrastraron, sujeto por los brazos cual ligero paquete. Descendieron bajo tierra. La arena verde se abría dócil a su paso. Erico maravillábase ante el realismo de su alucinación. Deseaba despertar, disolver el efecto del polvillo verde. Apenas lograba respirar mientras la arena se deslizaba sobre su rostro, su pecho, su espalda. Estaba siendo enterrado vivo.
Descendieron hasta una amplia cueva de paredes oscuras y verdosas. Erico advirtió allí árboles, personas, edificaciones, animales de diversas fisonomías. En medio, alumbrada por teas, se erigía una majestuosa roca roja. Lo arrastraron hasta ella. Allí lo amarraron con cadenas y lo amordazaron. Desesperado, Erico gimió y luchó por zafarse. Pero ya era demasiado tarde. El ritual de ajusticiamiento había comenzado.
Un anciano de larga y nívea barba, idéntico al que lo azoraba en sus pesadillas, avanzó hacia él, con los ojos ocultos tras gruesos cristales y una vasija de barro entre las manos. La vasija contenía el mismo polvillo verde que Erico se había inyectado en las venas. Tras pronunciar unas cuantas palabras, el anciano tomó entre los dedos un pellizco del polvillo y, solemne, lo sopló sobre los ojos del encadenado.
Erico gritó a causa del ardor. Sintió el efecto de la droga como un golpe seco contra su cerebro. De pronto recordó todo. Recordó el asesinato que había obrado meses atrás. Recordó el juicio en su contra y la sentencia de muerte que pesaba sobre su cabeza. Recordó su escape y los incontables días vagando por el desierto, apenas provisto de agua y comida.
Todo ese tiempo había estado delirando, soñando con un mundo absurdo e irreal, en donde él compraba polvillos a un hombre para luego inyectárselos en el tobillo y olvidar así sus abominables acciones y la cercanía de su ejecución. Ahora gozaba de total lucidez, y sabía que ya no podía huir de su destino. El polvillo verde al contacto con sus ojos era veneno suficiente para ejecutar su sentencia de muerte.

Ruth N. Abelo


Rumores


Sonó el teléfono. No hay onomatopeya apropiada para figurar ese maldito pitido burbujeante. Insulté a destajo al inocente aparato de plástico y bajé el volumen del televisor. Crucé el living en cuatro zancadas y levanté el tubo:
—¿Hola?
—Buenos días, señor. Mi nombre es Lara. Le hablo del Consejo de Defensa. Estamos realizando una encuesta. Solamente necesitamos cinco minutitos de su tiempo ¿Sería tan amable de responder las preguntas?
La voz era dulce y sensual. Estudiadamente sexy. Eso me enojó aún más. Hay que ver lo que se atreven a hacer estos call centers. Me han hablado de cientos de engendros biomecánicos que chorrean hormonas y mascan alucinógenos, y hacen mil llamadas diarias. Pero eso no es más que pura habladuría. Esa voz seductora tenía que pertenecer a una mujer de carne y hueso.
—No tengo los cinco minutitos. Y no me interesa participar de ninguna encuesta. Adi...
—¡Bebé! Tu nombre es Roberto Uberni, ¿no? ¿Puedo llamarte Roby? ¡No te me pongas así! Sólo te hago unas preguntitas y después te cuento las chanchaditas que hago por ahí, dulce.
Me tomó desprevenido. Su voz era muy sugerente. Paladeaba cada palabra de una forma estremecedora. Inevitablemente algo ardió dentro de mí. Me había enganchado.
—Bue-e-no, supongo que puedo contestar algunas preguntas...
—Así me gusta, bombón. —Me llenó el oído con una risa suculenta, una escala ascendente de sonidos brillantes que terminó con un dejo de jadeo, y retomó el tono impersonal y formal—. Empecemos. De uno a diez, ¿qué puntaje le daría al sabor de VitaSorbi, la golosina nutritiva?
VitaSorbi. Fabulosa. Decían que la barrita grumosa y dulce que todos chupábamos era, entre otras cosas, un concentrado hormonal que el gobierno suministraba para aumentar la fertilidad en la población. Ese era un rumor infundado, a lo sumo una versión extraoficial. En realidad VitaSorbi no era más que una sabrosa golosina afrodisíaca.
—Diez. Es muy rica.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo enfermo?
—No lo recuerdo.
—¿Es heterosexual?
—Sí.
—¿Cuántas veces a la semana tiene relaciones sexuales?
—Eh... tres... No. Tres no. Cuatro. Sí. Cuatro veces por semana. —Obviamente, exageré un poco.
—¿Se masturba?
—¿Eh? ¿Tienen relevancia estadística mis hábitos sexuales?
—Roby, no te enojes —volvió a hablarme tentadoramente, con susurros lentos y húmedos—. Es que me calienta saber si sos un semental... Imaginarte en acción me excita, bombón... ¿Podemos continuar?
—Eh...sí. Claro... —Una erección incipiente prometía descoserme el pantalón.
—No me contestó si se masturba. —Había cambiado nuevamente a la voz neutra.
—Pues sí. Ocasionalmente.
—¿Tiene hijos?
—No que yo sepa...
Ninguna pregunta para recabar datos personales. Según me contaron, nos espían constantemente y lo saben todo acerca de todos. Pero no hay que creer todo lo que se dice por ahí.
—¿Cuál de estas tres problemáticas le parece más acuciante: la presunta amenaza de una nueva guerra con los kexubianos, la escasez de alimentos, o la creciente epidemia de SEI?
—¿Hay una epidemia de SEI? Tengo entendido que sólo fueron algunos casos aislados. Lo de la escasez de alimentos es una patraña descarada de la oposición. Las golosinas se consiguen fácilmente en cualquier kiosco. VitaSorbi, CalciBuma, FosfoCroks... De modo que me parece que la posible guerra con los kexubianos es lo más grave. Pero si ya le pateamos el trasero una vez, ¿por qué no dos?
¡Epidemia de SEI! ¿Quién podía tragarse tal camelo? No conocía a nadie que padeciera el Síndrome de Esterilidad Inducida.
—Una última preguntita, Roby, ¿estarías dispuesto a colaborar con el gobierno en esta guerra fácil que te ofrece la oportunidad de transformarte en un héroe, envidiado por los hombres, codiciado por las mujeres? Yo te codiciaría. Es más, te deseo ahora... Ay, bebé, estoy tan caliente, cuantas ganas que tengo de verte para...
Y entre los gritos roncos de mi paroxismo orgásmico dije que sí, que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que ella siguiera en la línea, contándome entre jadeos y gemidos sus fantasías eróticas.
Al día siguiente los comandos me sacaron a la rastra de mi casa.

Ahora estoy enchufado a esta máquina que acelera mi metabolismo y cataliza todos mis procesos vitales. Es una especie de jaula-cama que me inmoviliza. Las llamamos jaumas. La jauma potencia mis dotes viriles y estimula mi libido. Me han convertido en un semental.
En este cubil estrecho veo la guerra por televisión, aunque, cuando se dedican a mostrar las calles vacías de la ciudad durante horas, prefiero girar la cabeza para no ver. Me atiborran de VitaSorbi, FosfoCrocks, CalciBuma y otras golosinas estupendas que nunca había encontrado en los kioscos. Y dos veces al día viene Lara, mascando alucinógenos y chorreando hormonas. Me monta con frenesí cada vez. Sus servomotores chirrían con pasión y me llama "Roby" con esa voz maravillosamente sexy que me enardece. Luego se dirige a la Incubadora, llevándose los óvulos fecundados en su vientre de metal y plástico. Tengo la certidumbre de que algún día mis hijos serán soldados valerosos que le patearán el trasero a los espantosos kexubianos. Y podré verlos por televisión, triunfantes, enarbolando nuestra bandera.

Lara me ha dicho que se escucha un nuevo rumor en los barracones: los alienígenas han fumigado todo el planeta. Me ha dicho que cada vez somos menos hombres, que la semilla humana está muriendo. Pero cuesta creerlo. Si hay decenas de miles de cubiles como éste que trabajan día y noche...

Néstor Darío Figueiras


Planetas

La enorme araña de silicio saca sus patas puntiagudas. Nubes de vapor violeta la rodean como si fuera un querubín sin rostro. Comienza el descenso, lento y noble; cuando las ocho patas tocan por fin la superficie del planeta rojo, un silencio de eones zumba alrededor. El silencio.
Dentro de la araña, los hombres miran la formidable pantalla que les muestra el panorama exterior. Aunque llevan décadas estudiando al planeta rojo, ahora pueden ver, extasiados, las montañas de cuarzo, los remolinos de fuego, el viento verde. Se sabe que Marte estuvo alguna vez habitado por criaturas inteligentes, traslúcidas y viscosas, quienes construyeron castillos de arcilla y plástico en alguna parte. Según los mapas, las ruinas de esos castillos se encuentran hacia el norte, más allá de las montañas. Arriba, Phobos y Deimos lo miran todo con ojos de furia eterna. Pero ahora los hombres están a punto de bajar y verlo todo con sus propios ojos. Ojos orgánicos; ojos de carne. Este momento es el resumen de muchos años de tecnología y avances científicos. Los hombres se ponen sus escafandras negras tatuadas de símbolos, aguardan a que se abra la compuerta y la escalinata descienda hacia abajo como un cuchillo.
Comienza el descenso. Hormigas humanas y temerosas. Hormigas lentas. Lo que ven los hombres a través del visor de sus cascos es una pesadilla: bosques de coníferas, autopistas solitarias, cielos grises sembrados de jirones albos. El crepúsculo coronado por un solo astro de cara blanca y bobalicona en medio del firmamento. Pueden ver al conejo de la luna y entienden que es el mismo satélite que sus tatarabuelos astronautas visitaron alguna vez a bordo de una desvencijada carcacha espacial. Sus miradas aturdidas perciben las tímidas luces de una ciudad humana que confirman la pesada broma.
Nunca llegaremos a Marte, dice el más viejo de los hombres.

El pavoroso calamar de vidrio saca sus obtusos tentáculos. Nubes de vapor anaranjado la rodean como si fuera un querubín sin rostro. Comienza el descenso, lento y noble; cuando los ocho tentáculos tocan por fin la superficie del planeta azul, un silencio de eones zumba alrededor. El silencio.
Dentro del calamar, los marcianos miran la formidable pantalla que les muestra el panorama exterior. Aunque llevan décadas estudiando al planeta azul, ahora pueden ver, extasiados, los bosques de coníferas, las montañas de piedra tosca, los ríos cristalinos que bajan hacia el océano. Se sabe que la Tierra estuvo alguna vez habitada por criaturas inteligentes, musculosas y densas, quienes construyeron autopistas y ciudades metálicas en alguna parte. Según los mapas, las ruinas de esas ciudades se encuentran hacia el oeste, más allá del mar. Arriba, el único satélite lo mira todo como un estúpido cíclope. Pero ahora los marcianos están a punto de bajar y verlo todo con sus propios ojos. Ojos orgánicos; ojos de carne. Este momento es el resumen de muchos años de oraciones y evolución mística. Los marcianos se introducen en sus crisálidas, verdes y luminosas, aguardan a que se abra la ventosa y la escalinata se desenrolle hacia abajo como la lengua de una mariposa.
Comienza el descenso. Lombrices marcianas y temerosas. Lombrices lentas. Lo que ven los marcianos a través de los antifaces es una pesadilla: montañas de cuarzo, remolinos de fuego, el viento verde. El crepúsculo coronado por las dos eternas lunas. Sus cerebros aturdidos se cimbran con el canto agudo de las sombras fosforescentes que se extiende por el planeta rojo para confirmar la pesada broma.
Nunca llegaremos a la Tierra, dice el más viejo de los marcianos.

Ricardo Bernal

El planeta negro

El capitán Stefany se acercó al grupo de sabios que se hallaban sentados en torno a la mesa discutiendo las posibilidades del nuevo planeta.
-Estaremos en él dentro de dos horas.
Los cinco hombres se mostraron nerviosos con la noticia y comenzaron a moverse como ratones alrededor de la mesa cubierta de libros y papeles.
-¿Cree usted -preguntó tímidamente el biólogo Gámez- que podamos despaciar sin novedad?
-No cabe duda -dijo Stefany-. Éste es un equipo perfecto. El más moderno que ha construido la Tierra.
Lukas, el químico-geólogo, se encogió de hombros y advirtió:
-Este planeta es diferente, ¿quién sabe lo que nos puede pasar? No hay atmósfera, no hay gravedad y no obedece a ningún sistema solar. Permanece ahí como un reto a todas las leyes conocidas: sin rotación, sin traslación y sin señales visibles de vida. Mire, Gámez, no creo que tenga mucho trabajo. Voy a prepararle una selección de mis libros para que no pierda por completo su viaje.
El astrónomo, el físico-matemático y el capitán rieron. Gámez entonces se atrevió a señalar modestamente:
-Bueno, yo siempre espero encontrar vida en cualquier parte y en cualquier forma. La vida tiene más posibilidades de lo que ustedes piensan.
-Absolutamente -confirmó Mathias, el filósofo de la expedición.
Kirkwood se acercó al grupo para informar al capitán que la nave iba a comenzar la operación del despaciamiento.
-¿Tan pronto? -preguntó Lukas.
El capitán observó su reloj.
-Habrá habido un pequeño error. Por otra parte, esto lleva su tiempo. Sírvase tomar las precauciones de costumbre.
Los cinco sabios se sentaron en las butacas de seguridad, en torno a la mesa, ajustándose las franjas protectoras. En silencio, frente a frente, cada uno observando los hechos desde el mundo de sus conocimientos, aguardaron a que la operación terminase.
El descanso y la estabilización sobre el planeta se efectuaron normalmente. La nave quedó atrapada en su trípode plegable y los hombres se dirigieron hacia las ventanillas inmediatamente que la señal verde indicó que la operación se había completado. Stefany vino hacia el grupo.
-Debemos vestirnos ahora para reconocer el lugar.
La temperatura afuera era de 120 grados bajo cero y la presión no existía. Kirkwood les ajustó los uniformes, que eran abrigo e instrumentos de observación a un mismo tiempo.
Comenzaron a introducirse en los grandes sacos herméticos, que les permitían investigar. Después entraron en la cámara de transición, de donde fueron saliendo uno a uno, en cadena, según la tradición de la astronáutica: el auxiliar delante, los sabios al centro y el capitán detrás.
Se encontraron ante un paisaje desolado, sin vegetación ni relieve. Con una superficie suave, casi pulimentada, sin luz exterior, pero que de sí misma emanaba una claridad metálica. Stefany procedió a emitir las señales convencionales del código intergaláctico.
No hubo respuesta.
Lentamente fueron avanzando sobre el helado planeta cuyo horizonte era una línea recta ininterrumpida.
-No veo nada -intercomunicó Gámez.
-No se impaciente, biólogo -dijo Lukas-. En cualquier parte podemos hallar una sorpresa. Esto me recuerda mi primer viaje a la Luna cuando niño.
-¡Tiempos románticos! Nos llevaban precisamente el último día de clase -dijo el físico-matemático.
-Justo -confirmó Stefany-, era la señal del fin de curso.
-Y uno caminaba y caminaba y todo se volvía cráteres y más cráteres -evocó Mathias.
Stefany aprovechó para preguntarle:
-¿Qué opina usted de esto?
-Es lo previsto. No hay vida visible, no hay relieve, no hay agua, no hay atmósfera, parece que caminamos sobre metal puro...
-Sí, eso es -dijo Lukas, el químico-. Es metal, un metal desconocido; es decir, una forma desconocida de metal.
Gámez entonces interrumpió la conversación:
-Yo creo que debiéramos traer el equipo móvil. Todo parece idéntico.
Los demás se mostraron conformes. Se inició el regreso a la nave.
El equipo móvil acomodó perfectamente a los siete hombres. Partieron en él a velocidad regular, mirando a uno y otro lado, conducidos por Kirkwood. El panorama idéntico se repetía.
Stefany miró su reloj para tener noción de la distancia, pues la monotonía del paisaje le impedía hallar puntos de referencia. Mantuvo también su ojo sobre el localizador automático para no perder la dirección de la nave.
Kirkwood guiaba prácticamente a la deriva; el capitán no le hacía ninguna indicación.
-¿Qué experimenta usted? -preguntó Gámez, que se había dado cuenta de la situación.
Stefany hizo señas de que guardase silencio.
-Me interesa ver cómo termina esto -advirtió en voz muy baja-. ¿Se ha puesto a pensar como biólogo en el sentido de orientación? Ésta es una prueba difícil.
Gámez asintió.
Por más que Kirkwood hiciera un largo rodeo, los visitantes nada pudieron hallar en aquel planeta que fuera diferente a lo que ya habían visto. Ni una grieta en la superficie, ni un pequeño promontorio que llamase la atención. La energía solar no llegaba hasta allí y la falta de luz hacía que sólo pudiesen alumbrarse por la claridad metálica de la propia superficie.
-¿Qué nombre le pondrían ustedes? -preguntó Stefany.
-Yo le daría un número -dijo Ali Khad, el astrónomo.
Ling, el físico-matemático, estuvo conforme.
Lukas propuso denominarlo Monotonía.
Después del recorrido se encontraron de nuevo frente a la nave. Kirkwood efectuó la inspección del vehículo móvil y reportó que había quedado exhausto de energía.
Dentro de la nave, los cinco científicos comenzaron a preparar sus experimentos. La zona próxima fue aprovechada para dejar instalados los campos de estudio. Lukas preparó su "huerto experimental" con distintas siembras de ácidos diferentes que dejó sobre la superficie del planeta. Gámez situó un número determinado de organismos elementales resistentes al frío y a la falta de presión, para comprobar las condiciones de vida.
Entre Lukas y Ali Khad hicieron esfuerzos por extraer una muestra de la superficie, pero sin consecuencias, porque todos los instrumentos resultaban más débiles que aquella forma de metal.
En torno a la mesa se reunieron los siete después de quitarse los uniformes. Kirkwood trajo los alimentos concentrados y los distribuyó. Stefany fue por una botella de vino y la colocó en el centro.
Ali Khad se frotó las manos de satisfacción.
-Gran capitán -dijo, volviéndose a Stefany-. Es usted un hombre de nobles iniciativas.
-Esos lujos están reservados en la astronáutica para ocasiones importantes -señaló Stefany.
Los demás llenaron sus vasos.
-Pensé -explicó el capitán- que un vaso de vino nos ayudaría a reflexionar.
Gámez recordó entonces la conversación del equipo móvil.
-¿Y su experiencia sobre el sentido de orientación?
-¡Ah! -exclamó Stefany-. Kirkwood no se perdería en ninguna parte. Regresó aquí sin la ayuda de los instrumentos.
-No era mi propósito -dijo Kirkwood-. Solamente guié el equipo al azar en busca de algo de interés. En un momento dado me hallé frente a nuestra nave. Y, por cierto, sin más energía para continuar. Es extraño que el vehículo haya consumido tanto.
-¿En qué proporción? -preguntó Lukas.
-De acuerdo con el reloj, casi el triple.
-Yo creo -dijo Ling- que debiéramos proseguir este cambio de impresiones por un rato y luego descansar. No tenemos aún datos suficientes para una discusión profunda.
-Es cierto -repuso Lukas-, debemos esperar el resultado de los primeros experimentos. Éste es un planeta difícil, fuera de todo el orden existente.
-La oveja negra del firmamento -dijo Mathias.
Poco después se acomodaron en las literas de la nave, y mientras Stefany llenaba su cuaderno de bitácora, los cinco sabios y Kirkwood durmieron.
La primera sorpresa llegó cuando el capitán Stefany, viendo que todos descansaban y que la situación era normal, decidió acostarse también. Antes, como buen aeronauta, encariñado con la nave que lo llevaba a través del espacio, fue a verificar la lectura de los relojes de control con la pizarra central y encontró que la energía de reserva era mucho menor de lo que estimaba.
Acudió al libro de bitácora para comprobar sus anotaciones y encontró que, efectivamente, la cifra anotada a la llegada al planeta y el remanente de energía que ahora tenía no concordaban. Había una diferencia desfavorable. Sin pensarlo un minuto despertó a Kirkwood, que creyó hallarse en vuelo.
-¿Llegamos, capitán?
-No, Kirkwood.
-¿Qué ocurre?
-¿Recuerdas la energía que quedaba cuando despaciamos?
-Sí, capitán. Teníamos diez unidades.
-Kirkwood, el reloj marca ocho.
-Recuerdo perfectamente la cifra, capitán.
-Está bien, Kirkwood. Hay alguna deficiencia en el reloj.
Entonces tomó al auxiliar por un brazo y le dijo:
-Ven, vamos a examinar el depósito. Lleva el radiomedidor.
Kirkwood y el capitán comprobaron que la cantidad de energía de reserva de la nave en aquel momento era de ocho unidades.
-Varios soles perdidos -contestó Stefany- y menos planetas.
Se volvieron y encontraron a Ali Khad, que estaba despierto.
-¿Qué ocurre, capitán?
-Ha habido un error de cálculo. Tenemos una diferencia en la energía solar del depósito.
-En contra, supongo.
Gámez y Lukas habían despertado con la conversación, y al cabo de unos minutos estuvieron enterados. Después se incorporaron también Mathias y Ling.
-Dígame, capitán -preguntó Gámez-, ¿eso afecta nuestro regreso?
-En absoluto. Necesitamos sólo cinco unidades para volver a la Tierra.
-¡Ahhh...! -suspiró Mathias.
-Además existen estaciones intermedias. Allí podríamos recargar.
Gámez consultó su reloj y explicó.
-Debo salir a ver el resultado de mis pruebas. Ya es tiempo.
Se dirigió adonde estaban colgados los uniformes-instrumentos y se metió en el saco hermético con cuidado. Luego entró en la cámara de transición.
Lukas y Mathias siguieron sus pasos.
Afuera los tres se inclinaron sobre los campos experimentales. Gámez se agachó junto a su caldo de cultivo y lo tomó en las manos enguantadas. Desplazándose pesadamente dentro del saco hermético, fue hacia la nave.
Lukas le llamó por el intercomunicador personal, pero Gámez no respondía.
Adentro de la nave, Lukas explicó que los ácidos habían desaparecido sin dejar huella sobre la superficie metálica del planeta.
-Le llamé -explicó-, pero mi intercomunicador estaba descompuesto.
Gámez se inclinaba sobre su microscopio para verificar el resultado del experimento. Nervioso, con la angustia reflejada en las venas de la frente, hinchadas como ríos, dejaba que su curiosidad se vaciase sobre el campo visual del microscopio en una persecución incesante. Por último dijo:
-No queda materia viva... Ni rastro... Ha desaparecido por completo, como si se hubiese evaporado.
En eso llegó Kirkwood informando que había habido un nuevo descenso en el reloj de la energía. Ahora marcaba siete unidades.
Stefany, Ling y Lukas fueron a examinar nuevamente el depósito mientras Gámez preparaba un segundo cultivo de organismos monocelulares resistentes al frío y a la falta de presión.
-Está en orden -dijo Stefany-. No entiendo cómo podemos estar perdiéndola. La energía de reserva está sellada.
-Kirkwood -dijo de pronto-, vea el índice de la gravedad artificial.
Kirkwood acudió presuroso a la cabina de los mandos y regresó con la lectura anotada.
-Una pérdida grande que nos dejará sin presión ni gravedad artificial dentro de dos días.
Gámez entró entonces por segunda vez en la nave. Permaneció unos minutos dentro dentro de su traje hermético como si fuese un robot puesto en posición de descanso.
-¿Dónde estaba usted? -preguntó Mathias.
Gámez comenzó a quitarse el uniforme lentamente. Al quedar su rostro al descubierto dijo con seriedad:
-Estuve unos minutos observándolos. Hasta que uno comenzó a reducirse y terminó por desaparecer de mi vista; luego le siguieron dos, tres, y finalmente todos. Se disolvieron.
Mathias observó con calma a los demás.
-En mi opinión -dijo-, estamos en un planeta que repele toda forma de energía solar, de vida. Aquí no llegan los rayos de ningún sol porque son devueltos a su origen antes de alcanzar el planeta. Este planeta es el antiplaneta.
Stefany volvió a la cabina, y cuando regresó informó que quedaban seis unidades de energía.
-Es preciso tomar una decisión -dijo-. Propongo retirarnos.
-¿Sin haber hecho nada? -preguntó Ling.
-Justamente -dijo el capitán-; si nos demoramos un poco va a ser imposible en absoluto abandonar esta trampa y aquí nos disolveremos. Quiero la opinión de cada uno.
Lukas dijo que debían comunicar y pedir instrucciones.
-Vaya, Kirkwood -dijo Stefany-, pero dudo que si los rayos solares no pueden alcanzar al planeta, puedan hacerlo los de transmisión. Su opinión, Gámez...
-Si permanecemos no habremos resuelto nada.
-Nadie es útil después de muerto -advirtió Ali Khad.
-Entonces -resumió Stefany-, nos vamos. Prepárense para el despegue. Tomen sus asientos de seguridad.
Kirkwood regresó informando que el reloj indicaba ahora que había sólo cuatro unidades. Stefany se despidió de los demás, lo que dio una idea de que aquél podía ser el último viaje.
Mientras los sabios esperaban con silencio humillante a que la nave dijera la palabra final, ésta se sacudió de un lado a otro sin que los motores hubiesen intervenido, osciló brevemente, y como despedida por la patada de un gigante, saltó dentro del espacio igual que un meteorito. Los científicos se dieron cuenta de que habían dejado el planeta cuando Stefany apareció ante ellos.
-Nos arrojó como una piedra y ahora estamos navegando por nuestros medios...
Tardaron el doble de tiempo en llegar a RM-25, la estación interplanetaria más próxima, y estuvieron por largo rato buscando la entrada del dique de naves espaciales. La estación parecía enormemente grande.
-Nunca había estado aquí -explicó Stefany-; es una de las mayores del cosmos. No sabía que hubiera tales estaciones con diques tan enormes. Será difícil entrar.
Y lo fue, porque la nave tuvo que afirmarse con grampas y cadenas de presión al costado de un dique inmenso, como un barquichuelo a un muelle. Utilizando la escala portátil comenzaron a salir uno por uno.
Stefany, que iba al frente, descubrió, en vez de los sirvientes mecánicos acostumbrados, a los hombres de la Tierra que operaban la base acercándose desde lejos al astrobuque, cosa que indicaba alguna curiosidad. Cuando se les fue aproximando más notó que eran de gigantesca estatura. Volvió la vista hacia los compañeros y vio la silueta de su nave proyectada contra otra nave terrícola gemela, pero mucho más grande, como no había soñado siquiera con ver una en el espacio.

Y comprendió que, irremediablemente, habían dejado la mitad de su vida y de su cuerpo en Monotonía.
Ángel Arango