El capitán Stefany se acercó al grupo de sabios que se
hallaban sentados en torno a la mesa discutiendo las posibilidades del nuevo
planeta.
-Estaremos en él dentro de dos horas.
Los cinco hombres se mostraron nerviosos con la noticia y
comenzaron a moverse como ratones alrededor de la mesa cubierta de libros y
papeles.
-¿Cree usted -preguntó tímidamente el biólogo Gámez- que
podamos despaciar sin novedad?
-No cabe duda -dijo Stefany-. Éste es un equipo perfecto. El
más moderno que ha construido la Tierra.
Lukas, el químico-geólogo, se encogió de hombros y advirtió:
-Este planeta es diferente, ¿quién sabe lo que nos puede
pasar? No hay atmósfera, no hay gravedad y no obedece a ningún sistema solar.
Permanece ahí como un reto a todas las leyes conocidas: sin rotación, sin
traslación y sin señales visibles de vida. Mire, Gámez, no creo que tenga mucho
trabajo. Voy a prepararle una selección de mis libros para que no pierda por
completo su viaje.
El astrónomo, el físico-matemático y el capitán rieron.
Gámez entonces se atrevió a señalar modestamente:
-Bueno, yo siempre espero encontrar vida en cualquier parte
y en cualquier forma. La vida tiene más posibilidades de lo que ustedes piensan.
-Absolutamente -confirmó Mathias, el filósofo de la
expedición.
Kirkwood se acercó al grupo para informar al capitán que la
nave iba a comenzar la operación del despaciamiento.
-¿Tan pronto? -preguntó Lukas.
El capitán observó su reloj.
-Habrá habido un pequeño error. Por otra parte, esto lleva
su tiempo. Sírvase tomar las precauciones de costumbre.
Los cinco sabios se sentaron en las butacas de seguridad, en
torno a la mesa, ajustándose las franjas protectoras. En silencio, frente a
frente, cada uno observando los hechos desde el mundo de sus conocimientos,
aguardaron a que la operación terminase.
El descanso y la estabilización sobre el planeta se
efectuaron normalmente. La nave quedó atrapada en su trípode plegable y los
hombres se dirigieron hacia las ventanillas inmediatamente que la señal verde
indicó que la operación se había completado. Stefany vino hacia el grupo.
-Debemos vestirnos ahora para reconocer el lugar.
La temperatura afuera era de 120 grados bajo cero y la
presión no existía. Kirkwood les ajustó los uniformes, que eran abrigo e
instrumentos de observación a un mismo tiempo.
Comenzaron a introducirse en los grandes sacos herméticos,
que les permitían investigar. Después entraron en la cámara de transición, de
donde fueron saliendo uno a uno, en cadena, según la tradición de la
astronáutica: el auxiliar delante, los sabios al centro y el capitán detrás.
Se encontraron ante un paisaje desolado, sin vegetación ni
relieve. Con una superficie suave, casi pulimentada, sin luz exterior, pero que
de sí misma emanaba una claridad metálica. Stefany procedió a emitir las
señales convencionales del código intergaláctico.
No hubo respuesta.
Lentamente fueron avanzando sobre el helado planeta cuyo
horizonte era una línea recta ininterrumpida.
-No veo nada -intercomunicó Gámez.
-No se impaciente, biólogo -dijo Lukas-. En cualquier parte
podemos hallar una sorpresa. Esto me recuerda mi primer viaje a la Luna cuando
niño.
-¡Tiempos románticos! Nos llevaban precisamente el último
día de clase -dijo el físico-matemático.
-Justo -confirmó Stefany-, era la señal del fin de curso.
-Y uno caminaba y caminaba y todo se volvía cráteres y más
cráteres -evocó Mathias.
Stefany aprovechó para preguntarle:
-¿Qué opina usted de esto?
-Es lo previsto. No hay vida visible, no hay relieve, no hay
agua, no hay atmósfera, parece que caminamos sobre metal puro...
-Sí, eso es -dijo Lukas, el químico-. Es metal, un metal
desconocido; es decir, una forma desconocida de metal.
Gámez entonces interrumpió la conversación:
-Yo creo que debiéramos traer el equipo móvil. Todo parece
idéntico.
Los demás se mostraron conformes. Se inició el regreso a la
nave.
El equipo móvil acomodó perfectamente a los siete hombres.
Partieron en él a velocidad regular, mirando a uno y otro lado, conducidos por
Kirkwood. El panorama idéntico se repetía.
Stefany miró su reloj para tener noción de la distancia,
pues la monotonía del paisaje le impedía hallar puntos de referencia. Mantuvo
también su ojo sobre el localizador automático para no perder la dirección de
la nave.
Kirkwood guiaba prácticamente a la deriva; el capitán no le
hacía ninguna indicación.
-¿Qué experimenta usted? -preguntó Gámez, que se había dado
cuenta de la situación.
Stefany hizo señas de que guardase silencio.
-Me interesa ver cómo termina esto -advirtió en voz muy
baja-. ¿Se ha puesto a pensar como biólogo en el sentido de orientación? Ésta
es una prueba difícil.
Gámez asintió.
Por más que Kirkwood hiciera un largo rodeo, los visitantes
nada pudieron hallar en aquel planeta que fuera diferente a lo que ya habían
visto. Ni una grieta en la superficie, ni un pequeño promontorio que llamase la
atención. La energía solar no llegaba hasta allí y la falta de luz hacía que
sólo pudiesen alumbrarse por la claridad metálica de la propia superficie.
-¿Qué nombre le pondrían ustedes? -preguntó Stefany.
-Yo le daría un número -dijo Ali Khad, el astrónomo.
Ling, el físico-matemático, estuvo conforme.
Lukas propuso denominarlo Monotonía.
Después del recorrido se encontraron de nuevo frente a la
nave. Kirkwood efectuó la inspección del vehículo móvil y reportó que había
quedado exhausto de energía.
Dentro de la nave, los cinco científicos comenzaron a
preparar sus experimentos. La zona próxima fue aprovechada para dejar
instalados los campos de estudio. Lukas preparó su "huerto
experimental" con distintas siembras de ácidos diferentes que dejó sobre
la superficie del planeta. Gámez situó un número determinado de organismos
elementales resistentes al frío y a la falta de presión, para comprobar las
condiciones de vida.
Entre Lukas y Ali Khad hicieron esfuerzos por extraer una
muestra de la superficie, pero sin consecuencias, porque todos los instrumentos
resultaban más débiles que aquella forma de metal.
En torno a la mesa se reunieron los siete después de
quitarse los uniformes. Kirkwood trajo los alimentos concentrados y los
distribuyó. Stefany fue por una botella de vino y la colocó en el centro.
Ali Khad se frotó las manos de satisfacción.
-Gran capitán -dijo, volviéndose a Stefany-. Es usted un
hombre de nobles iniciativas.
-Esos lujos están reservados en la astronáutica para
ocasiones importantes -señaló Stefany.
Los demás llenaron sus vasos.
-Pensé -explicó el capitán- que un vaso de vino nos ayudaría
a reflexionar.
Gámez recordó entonces la conversación del equipo móvil.
-¿Y su experiencia sobre el sentido de orientación?
-¡Ah! -exclamó Stefany-. Kirkwood no se perdería en ninguna
parte. Regresó aquí sin la ayuda de los instrumentos.
-No era mi propósito -dijo Kirkwood-. Solamente guié el equipo
al azar en busca de algo de interés. En un momento dado me hallé frente a
nuestra nave. Y, por cierto, sin más energía para continuar. Es extraño que el
vehículo haya consumido tanto.
-¿En qué proporción? -preguntó Lukas.
-De acuerdo con el reloj, casi el triple.
-Yo creo -dijo Ling- que debiéramos proseguir este cambio de
impresiones por un rato y luego descansar. No tenemos aún datos suficientes
para una discusión profunda.
-Es cierto -repuso Lukas-, debemos esperar el resultado de
los primeros experimentos. Éste es un planeta difícil, fuera de todo el orden
existente.
-La oveja negra del firmamento -dijo Mathias.
Poco después se acomodaron en las literas de la nave, y
mientras Stefany llenaba su cuaderno de bitácora, los cinco sabios y Kirkwood
durmieron.
La primera sorpresa llegó cuando el capitán Stefany, viendo
que todos descansaban y que la situación era normal, decidió acostarse también.
Antes, como buen aeronauta, encariñado con la nave que lo llevaba a través del
espacio, fue a verificar la lectura de los relojes de control con la pizarra
central y encontró que la energía de reserva era mucho menor de lo que
estimaba.
Acudió al libro de bitácora para comprobar sus anotaciones y
encontró que, efectivamente, la cifra anotada a la llegada al planeta y el
remanente de energía que ahora tenía no concordaban. Había una diferencia
desfavorable. Sin pensarlo un minuto despertó a Kirkwood, que creyó hallarse en
vuelo.
-¿Llegamos, capitán?
-No, Kirkwood.
-¿Qué ocurre?
-¿Recuerdas la energía que quedaba cuando despaciamos?
-Sí, capitán. Teníamos diez unidades.
-Kirkwood, el reloj marca ocho.
-Recuerdo perfectamente la cifra, capitán.
-Está bien, Kirkwood. Hay alguna deficiencia en el reloj.
Entonces tomó al auxiliar por un brazo y le dijo:
-Ven, vamos a examinar el depósito. Lleva el radiomedidor.
Kirkwood y el capitán comprobaron que la cantidad de energía
de reserva de la nave en aquel momento era de ocho unidades.
-Varios soles perdidos -contestó Stefany- y menos planetas.
Se volvieron y encontraron a Ali Khad, que estaba despierto.
-¿Qué ocurre, capitán?
-Ha habido un error de cálculo. Tenemos una diferencia en la
energía solar del depósito.
-En contra, supongo.
Gámez y Lukas habían despertado con la conversación, y al
cabo de unos minutos estuvieron enterados. Después se incorporaron también
Mathias y Ling.
-Dígame, capitán -preguntó Gámez-, ¿eso afecta nuestro
regreso?
-En absoluto. Necesitamos sólo cinco unidades para volver a
la Tierra.
-¡Ahhh...! -suspiró Mathias.
-Además existen estaciones intermedias. Allí podríamos
recargar.
Gámez consultó su reloj y explicó.
-Debo salir a ver el resultado de mis pruebas. Ya es tiempo.
Se dirigió adonde estaban colgados los
uniformes-instrumentos y se metió en el saco hermético con cuidado. Luego entró
en la cámara de transición.
Lukas y Mathias siguieron sus pasos.
Afuera los tres se inclinaron sobre los campos
experimentales. Gámez se agachó junto a su caldo de cultivo y lo tomó en las
manos enguantadas. Desplazándose pesadamente dentro del saco hermético, fue
hacia la nave.
Lukas le llamó por el intercomunicador personal, pero Gámez
no respondía.
Adentro de la nave, Lukas explicó que los ácidos habían
desaparecido sin dejar huella sobre la superficie metálica del planeta.
-Le llamé -explicó-, pero mi intercomunicador estaba
descompuesto.
Gámez se inclinaba sobre su microscopio para verificar el
resultado del experimento. Nervioso, con la angustia reflejada en las venas de
la frente, hinchadas como ríos, dejaba que su curiosidad se vaciase sobre el
campo visual del microscopio en una persecución incesante. Por último dijo:
-No queda materia viva... Ni rastro... Ha desaparecido por
completo, como si se hubiese evaporado.
En eso llegó Kirkwood informando que había habido un nuevo
descenso en el reloj de la energía. Ahora marcaba siete unidades.
Stefany, Ling y Lukas fueron a examinar nuevamente el
depósito mientras Gámez preparaba un segundo cultivo de organismos
monocelulares resistentes al frío y a la falta de presión.
-Está en orden -dijo Stefany-. No entiendo cómo podemos
estar perdiéndola. La energía de reserva está sellada.
-Kirkwood -dijo de pronto-, vea el índice de la gravedad
artificial.
Kirkwood acudió presuroso a la cabina de los mandos y
regresó con la lectura anotada.
-Una pérdida grande que nos dejará sin presión ni gravedad
artificial dentro de dos días.
Gámez entró entonces por segunda vez en la nave. Permaneció
unos minutos dentro dentro de su traje hermético como si fuese un robot puesto
en posición de descanso.
-¿Dónde estaba usted? -preguntó Mathias.
Gámez comenzó a quitarse el uniforme lentamente. Al quedar
su rostro al descubierto dijo con seriedad:
-Estuve unos minutos observándolos. Hasta que uno comenzó a
reducirse y terminó por desaparecer de mi vista; luego le siguieron dos, tres,
y finalmente todos. Se disolvieron.
Mathias observó con calma a los demás.
-En mi opinión -dijo-, estamos en un planeta que repele toda
forma de energía solar, de vida. Aquí no llegan los rayos de ningún sol porque
son devueltos a su origen antes de alcanzar el planeta. Este planeta es el
antiplaneta.
Stefany volvió a la cabina, y cuando regresó informó que
quedaban seis unidades de energía.
-Es preciso tomar una decisión -dijo-. Propongo retirarnos.
-¿Sin haber hecho nada? -preguntó Ling.
-Justamente -dijo el capitán-; si nos demoramos un poco va a
ser imposible en absoluto abandonar esta trampa y aquí nos disolveremos. Quiero
la opinión de cada uno.
Lukas dijo que debían comunicar y pedir instrucciones.
-Vaya, Kirkwood -dijo Stefany-, pero dudo que si los rayos
solares no pueden alcanzar al planeta, puedan hacerlo los de transmisión. Su
opinión, Gámez...
-Si permanecemos no habremos resuelto nada.
-Nadie es útil después de muerto -advirtió Ali Khad.
-Entonces -resumió Stefany-, nos vamos. Prepárense para el
despegue. Tomen sus asientos de seguridad.
Kirkwood regresó informando que el reloj indicaba ahora que
había sólo cuatro unidades. Stefany se despidió de los demás, lo que dio una
idea de que aquél podía ser el último viaje.
Mientras los sabios esperaban con silencio humillante a que
la nave dijera la palabra final, ésta se sacudió de un lado a otro sin que los
motores hubiesen intervenido, osciló brevemente, y como despedida por la patada
de un gigante, saltó dentro del espacio igual que un meteorito. Los científicos
se dieron cuenta de que habían dejado el planeta cuando Stefany apareció ante
ellos.
-Nos arrojó como una piedra y ahora estamos navegando por
nuestros medios...
Tardaron el doble de tiempo en llegar a RM-25, la estación
interplanetaria más próxima, y estuvieron por largo rato buscando la entrada
del dique de naves espaciales. La estación parecía enormemente grande.
-Nunca había estado aquí -explicó Stefany-; es una de las
mayores del cosmos. No sabía que hubiera tales estaciones con diques tan
enormes. Será difícil entrar.
Y lo fue, porque la nave tuvo que afirmarse con grampas y
cadenas de presión al costado de un dique inmenso, como un barquichuelo a un
muelle. Utilizando la escala portátil comenzaron a salir uno por uno.
Stefany, que iba al frente, descubrió, en vez de los
sirvientes mecánicos acostumbrados, a los hombres de la Tierra que operaban la
base acercándose desde lejos al astrobuque, cosa que indicaba alguna
curiosidad. Cuando se les fue aproximando más notó que eran de gigantesca
estatura. Volvió la vista hacia los compañeros y vio la silueta de su nave
proyectada contra otra nave terrícola gemela, pero mucho más grande, como no
había soñado siquiera con ver una en el espacio.
Y comprendió que, irremediablemente, habían dejado la mitad
de su vida y de su cuerpo en Monotonía.
Ángel Arango